COMUNIDAD NACIONAL

noviembre 13, 2008

Por José Javier Esparza

Guevara, michelín del nacionalismo vasco, abandonó la casa del padre y se cobijó en techo socialista. Recién llegado, adornó su habitación con un banderín donde, sobre los colores del Athletic, se leía: “Comunidad nacional”. Y ha sido el escándalo del vecindario, a izquierda y derecha, porque es de mal tono hablar de “comunidad nacional” en la casa de los “demócratas de verdad”. Dicen que “no es terminología democrática”. Será ahora, porque la historia de las democracias modernas está abarrotada de “comunidades nacionales”. No es, como se ha dicho, “léxico fascista”; es puro romanticismo alemán, que es distinta cosa. Digamos la verdad: el banderín de Guevara ha molestado porque pone el dedo en nuestra llaga más dolorosa, a saber, que ya nadie está seguro de que sigamos siendo una “nación” pero vascos y catalanes cada vez lo parecen más.

Una nación no es un fenómeno de la naturaleza: es una construcción humana. Primero hay un pueblo unido por tales o cuales rasgos. Después hay una voluntad más o menos común para que ese pueblo cobre forma política. La nación surge ahí: es un grupo humano que toma conciencia política. El pueblo no es un concepto político; la nación, sí. Ninguna nación aparece si antes no ha habido un proceso de politización. Del mismo modo, las naciones desaparecen cuando dejan de tener conciencia política de sí. El País Vasco nunca había sido una comunidad nacional (léase a Laínz), pero hoy está cerca de conseguirlo: veinticinco años de hegemonía nacionalista no han aspirado a otra cosa. Madrid ha coadyuvado tenazmente a la obra al permitir esa hegemonía y apuntalarla cuando flojeaba. Sólo hay un obstáculo para que el País Vasco sea una “comunidad nacional”: que todavía hay dos comunidades, la vascoespañola y la nacionalista vasca. Es un obstáculo que ya casi no existe en Cataluña: el nacionalismo catalán, con un periodo semejante de hegemonía, ha cumplido el objetivo con la misma aquiescencia de Madrid y sin oposición relevante. ¿Ahora nos escandalizamos? Almas de cántaro

Lo que debería escandalizarnos es más bien esto otro: España, que sí podía ser comunidad nacional, ha dejado de serlo. Y simétricamente: no han aspirado a otra cosa veinticinco años de metódica destrucción de la conciencia nacional de los españoles. En nombre del consenso, de la Constitución, de las autonomías y de Europa, el campo del sentimiento (porque no se trata de otra cosa) nacional de los españoles se ha reducido a la selección de fútbol y a los festivales de Eurovisión. El leve repunte de patriotismo auspiciado por Aznar entre 2001 y 2003 no ha pasado de ser una batalla de las Ardenas. Batalla que, como es sabido, se perdió. Por falta de combustible.

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Cuatro verdades necesarias sobre el problema de la inmigración

noviembre 8, 2008

Por Jose Javier Esparza.  

Un espectáculo trágico: los cayucos. Un espectáculo sórdido: la demagogia irresponsable del Gobierno. Fuentes policiales insisten en que España es el paraíso de las mafias de tráfico humano. Ya nadie discute seriamente la relación entre inmigración y delincuencia. Pero los políticos se aprestan a sacar tajada ampliando el derecho de voto a los recién llegados. Quien sufrirá las consecuencias será el ciudadano de a pie. ¿Nos dejarán decir cuatro verdades?

Una: la inmigración no es “algo bueno”. Es un fenómeno globalmente negativo. Es negativo para quienes tienen que abandonar forzosamente sus hogares y es negativo para unas sociedades incapaces de acoger a tanta gente en tan poco tiempo. Las consecuencias de la inmigración no son buenas en el plano social, ni en el cultural, ni en el político, ni tampoco lo son, a largo plazo, en el plano económico. La situación ideal: que nadie tuviera que verse obligado a dejar su tierra y que los flujos humanos pudieran ordenarse conforme a la ley para general beneficio. Pero es obvio que no estamos –ni estaremos- en la situación ideal.

Dos: Sólo desde dos puntos de vista puede juzgarse “buena” la inmigración. Una, la perspectiva de quienes, por razones ideológicas, estiman que las identidades históricas europeas deben disolverse en un escenario de mestizaje cosmopolita; es una posición muy extendida en la izquierda. La otra, la de quienes sostienen, por razones económicas, que una entrada masiva de mano de obra barata es vital para el funcionamiento de la economía; es una posición muy extendida en la derecha. Así la derecha capitalista intenta legitimarse con el dogma de la izquierda cosmopolita, y ésta, a su vez, echa combustible (humano) en el mercado. Pero ambas posiciones encierran un error: la disolución de las identidades sociales, nacionales y culturales nunca, en ningún lugar, ha creado “cosmópolis mestizas”, sino que sólo han provocado una exacerbación violenta de las propias identidades; respecto a la entrada masiva de mano de obra barata, es verdad que inicialmente aumenta la riqueza del tejido productivo, pero inmediatamente se traduce en una exigencia de nuevos servicios sociales que puede llevar al colapso del sistema, como podrá intuir cualquier español que acuda a los servicios públicos. La ganancia en ningún caso compensa las pérdidas.

Tres: La “integración” no tiene por qué ser un horizonte deseable. De entrada, es un término ambiguo. No es lo mismo una integración orientada al cumplimiento de las leyes, con cesión de derechos sociales y económicos a cambio del ejercicio de un trabajo, que una integración interpretada como absorción de la población alógena, de tal modo que ésta deja de ser lo que es para adquirir una identidad nueva y ficticia. El primer modelo es transitorio, el segundo aspira a ser permanente. Parece que en España aspiramos a la integración permanente. Pero nadie tiene derecho a exigir a un musulmán o a un senegalés que dejen de ser lo que son para convertirse en “españoles”. La experiencia francesa demuestra que, aunque la integración haya funcionado en una primera generación de inmigrantes, la vieja identidad siempre pugna por aflorar en cuanto las cosas se tuercen, y entonces lo hace de manera hostil e histérica, como corresponde a cualquier estado de sumisión.

Cuatro: Hay que detener la inmigración, pero eso no significa inhibirse en la resolución del problema. No podemos escurrir el bulto. Los europeos tenemos que asumir el fenómeno de la inmigración. Ante todo, debemos reconocer que tenemos un deber para con el mundo pobre. Tenemos ese deber, primero, por una cuestión de justicia: no es justo que nosotros tiremos lo que nos sobra y que ellos no puedan conseguir lo que les falta. Y tenemos ese deber, además, por una cuestión de historia: como viejas potencias coloniales, creadoras de naciones, debemos resolver un problema que no nos es ajeno. Eso implica intensificar y multiplicar los mecanismos de cooperación, pero también apretar el control sobre cómo se administra esa ayuda en los países beneficiarios. El imperativo de globalizar la riqueza no será más que un chiste tétrico si al mismo tiempo no se globaliza la justicia social. Esta última tarea debe ser exigida a los gobiernos de los países de origen; pero si no son capaces de satisfacerla, habrá que imponerles la obligación de hacerlo, como se les ha impuesto la sumisión a las reglas del mercado mundial. Alguien, algún día, debería decir algo así en la Unión Europea.


Entre pedir el voto inmigrante y ejercer la responsabilidad política

noviembre 2, 2008

Por Jose Javier Esparza

En las últimas semanas se ha disparado la búsqueda del voto inmigrante. Comunistas y socialistas han aprobado en el Congreso que los inmigrantes con cinco años de residencia legal en España puedan votar en las elecciones municipales. Pocos días después, la presidenta de la Comunidad de Madrid anunciaba medidas en la misma dirección. Como es norma en España, donde el debate público tiene siempre un aire como de vieja radionovela, estas noticias avanzan envueltas en nubes de moralina sentimental. Sin embargo, el Parlamento Europeo rechazaba el pasado enero una medida como la que se acaba de aprobar en España.

¿Es xenófobo y racista el Parlamento Europeo? ¿Odia a los inmigrantes? No. Sencillamente, conoce el sentido de los derechos políticos. El derecho al voto no es un derecho socioeconómico, una prestación que uno perciba a cambio de una contribución. Trabajar, cotizar a la seguridad social y pagar impuestos no da derecho a votar. La actividad económica da derecho a beneficios de tipo social: asistencia sanitaria, cobertura de desempleo, educación pública, etc., y es justo que así sea. Pero el voto, que es el derecho político por excelencia, posee otro origen –un origen, precisamente, político. Uno vota en tanto que forma parte de una polis, de una comunidad política. ¿Quién forma parte de la polis? Hay distintos instrumentos materiales para discernirlo: el nacimiento, la residencia, etc. Todos esos instrumentos, sin embargo, no descansan sobre sí mismos, sino que poseen una dimensión inmaterial: se pertenece a una comunidad política también por linaje, por ascendencia, porque la comunidad política no es algo que se constituya en un momento dado y para ese momento –por ejemplo, para votar-, sino que la comunidad es también un pasado común, una herencia compartida, una trayectoria histórica, que comprometen a la persona con el futuro colectivo. Los derechos políticos se ejercen de manera individual en el presente, pero su escenario es una comunidad en el plano de la historia. Un inmigrante puede formar parte de la comunidad política, por supuesto; pero no por el mero hecho de residir cinco años.

Hoy no está bien visto recordar estas cosas, porque vivimos bajo la superstición de un individualismo sin comunidad y de un futuro sin pasado, pero lo político es inseparable de lo comunitario y de la historia, y son esas magnitudes las que determinan quién forma parte de la polis –y quién no. Por eso ningún país reconoce el derecho al voto a los recién llegados, y por eso el Parlamento Europeo rechaza lo que en España se aprueba. Las razones son de peso: primero, no es justo otorgar capacidad de decisión sobre el bien común a quien, mañana, puede dejar de pertenecer a la comunidad; además, se corre el riesgo de crear reductos de voto con identidad política propia en segmentos sociales ajenos o incluso contrarios al interés común.

En el mundo se habla ya del “mal español”: un frívolo panfilismo que desemboca en flagrante irresponsabilidad.


PAU GASOL EN EL PUNTO DE MIRA DEL SEPARATISMO

octubre 22, 2008

El columnista Toni Romero, afirma en una columna de opinión que “no puede ser que Pau Gasol haga ostentación de su españolidad de manera vergonzante para Catalunya y no pase nada”.

“Hace tiempo que los que pensamos en Catalunya y no en España dejamos de ver Pau Gasol como el icono mediático que podía -básicamente por el eco de sus actos, que pone al servicio de los intereses españoles- acelerar un proceso de reconocimiento oficial de Catalunya como sujeto competidor”. “Y si ahora los catalanes no pueden elegir, el objetivo es que en el futuro tampoco podamos hacerlo y que Pau Gasol -me temo que no será el caso, porque el tiempo pasa inexorable- y todo el resto compitan con Catalunya y basta”.

Toni Romero finaliza afirmando que ”los que pensamos que primero es Catalunya y que la relación con España es un accidente de la historia, tenemos todo el derecho a sentirnos ofendidos por la falta de compromiso con el país donde Pau Gasol se hizo grande”.


EL DINERO DE LOS PARTIDOS

septiembre 10, 2008

Por Manual Martín Ferrand.

Cuando Josep Pla, sabio y maestro en dos idiomas, llegó a Nueva York, en Navidad, y vio las luces y el brillo esplendorosos con que se engalanaba la ciudad, antes de gozar con el espectáculo hizo gala de su profunda desconfianza ampurdanesa y preguntó con gran cautela: «¿Quién paga todo esto?». La permanente confusión que vivimos en España entre lo privado y lo público y, dentro de lo público, entre lo nacional, lo autonómico y lo local nos empuja con frecuencia a pensar que muchos de los servicios que utilizamos son gratuitos; pero conviene tener claro que, por lo general, somos nosotros quienes lo pagamos todo. Incluso lo que no nos gusta.

Entre los muchos epígrafes que se financian con nuestras forzosas aportaciones fiscales están, ¡no faltaba más!, los partidos políticos que, mucho, poco o nada, nos representan en el Congreso de los Diputados, el Senado, los Parlamentos autonómicos, las Diputaciones y los Ayuntamientos. Es algo de difícil justificación teórica y, en puridad democrática, cada partido debiera vivir de las cuotas de sus militantes y de las donaciones, claras y transparentes, de sus simpatizantes. No es así. El Presupuesto también carga con ese capítulo y nos obliga, en nuestra condición ciudadana, a que nuestro dinero satisfaga gastos de partidos que, si son respetables, no entran en nuestros códigos personales de elección política, valoración intelectual o deseo representativo.

El Tribunal de Cuentas es el órgano constitucional que, siempre con retraso y nunca con estruendo, nos informa del uso, y eventualmente del abuso, con que los distintos poderes gastan nuestro dinero. Por él sabemos ahora que, en 2.005, el PSOE tenía créditos pendientes con distintas instituciones financieras por un valor de 62,3 millones de euros y el PP, menos gastoso o más acaudalado, solo por 16,3 millones. Determinar si eso es «mucho» o es «poco» parece demasiado subjetivo; pero resultaría esclarecedor saber con qué tipo de avales y garantías operan los partidos políticos con los Bancos y las Cajas. Especialmente con estas últimas, sometidas al control político regional y, por ello, sospechosas permanentes de parcialidad y tolerancias especializadas.

Los partidos, y no solo los grandes, han pasado a ser un medio de vida para muchos de sus dirigentes y todos los integrantes de sus respectivos aparatos. Eso, que seguramente es irremediable en un mundo como el presente, desvirtúa la imagen de pureza que debiera poder atribuírseles y condiciona el funcionamiento interno de cada formación. Si, además, lo paga el Estado con el dinero de los ciudadanos y los excesos presupuestarios se cubren con créditos presumiblemente «blandos» y convertibles en «donaciones», tendremos a la vista una corruptela que sirve para ayudarnos a entender las razones por las que lo que debiera ser una democracia representativa y parlamentaria tienda a degenerar en una partitocracia casi caciquil.


Chocara a todos. A nuestras izquierdas y a nuestras derchas

septiembre 1, 2008
“Al Estado naciente”… Muchas son las cosas impactantes del discurso que el flamante alcalde de Roma, Gianni Alemanno (que nos ha traducido Elmanifiesto.com) pronunció el 26 de julio ante los militantes de Aleanza Nazionale. Pero lo más impactante es su propio título. Dar surgimiento a un nuevo Estado, a un nuevo orden de cosas. No reacomodar, no dar engañoso lustre a los viejos, desvencijados muebles de siempre. De esto, nada más ni nada menos, se trata: del “Inicio de una nueva era”, como se titula el editorial con el que la revista Area saludó en mayo la consecución por Alemanno de la alcaldía de Roma.

GIANNI ALEMANNO

[…] Estamos unidos en la voluntad de conducir bien el proceso de fusión de Aleanza Nazionale en el Pueblo de la Libertad. Hay, como es obvio, un debate, ya que debemos encarar las cosas sin hipocresías, sin forma alguna de “unanimismo” superficial. Pero no hay desgarros, no hay divisiones en este recorrido. Debe haber, en cambio, la voluntad común de realizar un trabajo serio, tal como lo esperan las bases de Aleanza Nazionale, tal como lo esperan, sobre todo, nuestros electores.

Creo que debemos reflexionar atentamente sobre este tránsito: nos esperan meses decisivos, importantes opciones. Ya lo he dicho en otras ocasiones y lo repito también aquí: debemos afrontar este proceso con determinación, pero sin entusiasmos fáciles, sin la ingenua convicción de que todo vaya a ser sencillo y de que no nos encontraremos frente a grandes insidias. Tenemos que estar en guardia contra éstas precisamente para poderlas vencer juntos, también con los otros amigos que formarán parte del Pueblo de la Libertad, comenzando por Forza Italia [la formación política liderada por Silvio Berlusconi] y por las demás fuerzas políticas que entrarán en el nuevo partido. Digo esto también para subrayar mejor la proporción de influencia entre Forza Italia y Aleanza Nazionale [el partido liderado por Gianfranco Fini, emanación del “posfascista” MSI], sintetizada en el porcentaje 70-30. Cuidado, el 70% estará compuesto por Forza Italia, pero no exclusivamente. Existe, en efecto, una serie de otras formaciones –como la Democracia Cristiana para las Autonomías– cuya representación estará comprendida en ese 70%. Por consiguiente, el equilibrio entre Aleanza Nazionale y Forza Italia es mucho más igualitario de lo que parece. Esto nos sirve para comprender que el Pueblo de la Libertad no debe ser únicamente la unión entre Aleanza Nazionale y Forza Italia. Debe ser, en cambio, una realidad que sume, que hable a la sociedad civil, que ponga en movimiento nuevas formas de participación, que incorpore a personas de los sectores productivos. Resumiendo, algo mucho más amplio que la simple fusión –más o menos en frío– de dos partidos.
En fin, es necesario llevar a cabo este proceso, pero al mismo tiempo comprender cuáles son los riesgos que tenemos que afrontar. A mi entender, el peligro principal –presente tanto en el Pueblo de la Libertad como en el Partido Popular Europeo– es el de expresar un moderantismo genérico que sería absolutamente inadecuado a los compromisos históricos y políticos que el nuevo gran partido debe asumir.
Este “moderantismo” elevado a categoría ideológica lo hemos ya visto expresado, durante toda la Primera República, en el papel desempeñado por la Democracia Cristiana. Nos encontramos ante un paralelo histórico: debemos construir un gran partido de centroderecha, pero tenemos a las espaldas el modelo representado por aquella gran formación política que fue la Democracia Cristiana. Ahora bien, cuidado (y lo digo en particular a todos los amigos que han llegado a Aleanza Nazionale desde una militancia democristiana): no tengo la intención de repetir las viejas críticas, un poco esquemáticas y superficiales, de los misinos (el Movimiento Social Italiano) contra la Democracia Cristiana. Tanto el Movimiento Social Italiano como la Democracia Cristiana, sobre bases obviamente diferentes, han desempeñado un papel histórico muy fundamental para evitar que Italia se convirtiera en un país comunista. Así pues, no quiero caer en el error de demonizar a la vieja Democracia Cristiana, ni tampoco dejar de tener presente cuanto sucedió durante la Primera República.
En estos últimos meses se ha recordado el daño que el espíritu de “Mayo del sesenta y ocho” produjo en Italia. Pero la cultura del sesenta y ocho irrumpió no sólo por culpa de la “izquierda malvada”; se propagó también porque la Democracia Cristiana y el polo centrista que representaba estuvieron ausentes en el frente de las batallas culturales. No podemos olvidar cómo los “moderados” de entonces cedieron, más o menos conscientemente, la hegemonía cultural y social a la izquierda. La Democracia Cristiana no defendió hasta el límite los valores fundamentales, justo aquellos que se derivan de la tradición cristiana. Sobre todo, no hizo ningún esfuerzo por gobernar, con valores alternativos a los de la izquierda, a una sociedad que evolucionaba y que se estaba modernizando.
Por otra parte, cuando hablamos de “moderados”, imaginamos la política limitada a la dialéctica entre un polo progresista y un polo moderado. Una dialéctica política en la que operan dos fuerzas: una que, en cuanto progresista, traza la evolución del país y otra que, siendo moderada o conservadora, se limita a frenar esa evolución. Los “moderados” no sacan a la palestra una vía alternativa para modernizar al país, ni valores tan fuertes como para generar no una conservación, sino un cambio: se limitan a limitar el cambio impuesto por los otros.
Éste no es el camino que debemos recorrer. Incluso porque, si pensamos en el escenario europeo, hay una pregunta que tenemos que plantearnos con claridad meridiana: ¿cómo es posible que en los grandes temas políticos el Partido Popular Europeo, que constituye una gran fuerza en el seno del Parlamento Europeo, se muestre sistemáticamente subordinado al Partido Socialista Europeo? Cuando se llega a las asambleas de Bruselas y Estrasburgo se percibe inmediatamente esta hegemonía de la izquierda, cuyo precio han pagado a menudo nuestros ministros y comisarios.
Volvemos a encontrar todo esto en las directivas comunitarias que, demasiadas veces, están modeladas en los principios progresistas, pretendiendo anular la identidad y todos los vínculos, incluso la de género, en nombre de una falsa lucha contra toda forma de discriminación.
En Italia como en Europa hemos de trabajar para evitar que nuestra identidad se disuelva en un indiferenciado contenedor político, que, en nombre de un genérico moderantismo o de una visión puramente pragmática de la política, se quede vacío de identidad y de valores. Debemos empeñarnos para que, desde el respeto a la multiplicidad y a la diversidad entre las culturas originales, emerja claramente un proyecto de desarrollo cultural, político y social que dé un alma a la Italia de hoy y a la Europa de mañana. La cuestión europea es ya hoy el gran problema a resolver para dar la cara a los desafíos de la globalización, en cuyo frente la Francia de Sarkozy está dando la batalla durante su semestre de presidencia en Bruselas. Es urgente dar un golpe de timón, construir un proyecto histórico, no sólo para nuestra nación, sino para toda Europa. Un proyecto en el que convivan modernización e identidad, como tantas veces nos hemos dicho.
Este compromiso político debe basarse en un profundo trabajo cultural: los meses que tenemos por delante servirán para revisar, en términos inequívocos, nuestras prioridades, nuestras pertenencias profundas, nuestras referencias programáticas, para aprovechar esta importante cita teniendo claros los puntos para nosotros irrenunciables y las nuevas síntesis que debemos construir. […]
Debemos combatir en todos los contextos –incluso en el territorial– la nivelación igualitaria que rechazamos para las personas y las familias. […] Lo mismo vale para los problemas vinculados con el liberalismo y para el propio liberalismo. De éste rechazamos la lógica contractualista, individualista y utilitarista. Por el contrario, debemos aprovechar hasta el fondo lo que el liberalismo puede aportar en términos de verdadera meritocracia: todo lo que genera noble combate, competición y deseo de superación. En una Italia demasiado frecuentemente dividida y conflictiva debemos pasar del antagonismo al agonismo, hacer de la libre concurrencia la capacidad de competir según reglas virtuosas y en vista a objetivos compartidos.
Otro tema central es el de la economía social de mercado. Hoy hemos leído en los diarios que Berlusconi ha declarado que está haciendo “una política de izquierdas” para subrayar los esfuerzos del gobierno en el frente de la política social. Como si hubiera una ecuación entre políticas sociales y políticas de izquierda. Ya esta actitud terminológica demuestra cuánta sumisión existe todavía hoy respecto a la hegemonía cultural de la izquierda.
Al contrario: debemos reivindicar el papel de nuestra derecha afirmando su dimensión social. ¡Cuántas veces hemos discutido sobre este tema en las asambleas antes del MSI y después de Aleanza Nazionale, subrayando cómo hoy la posibilidad de crear una solidaridad social radica en los valores: se crea sociabilidad si se parte desde las pertenencias comunitarias, si se tiene un sentido religioso de la vida, que impide pensar exclusivamente en el propio interés, en el éxito personal que no tiene en consideración al prójimo que se tiene delante.
He aquí por qué podemos arrebatar definitivamente de las manos de la izquierda el valor de lo social. Sobre este asunto me he enfrentado incluso con el ministro Tremonti y ya en la próxima semana habrá una señal muy importante del Gobierno a este respecto. El objetivo consiste precisamente en dar al modelo de la economía social de mercado un fundamento fuerte, porque debemos ser capaces de sustraer a los representantes sociales a la implantación ideológica en la izquierda. Es ésta una batalla estratégica. […]
Es necesario evitar cualquier forma de “lucha de clases”, cualquier tipo de fracturas “horizontales” de una clase contra otra, de un sector contra otro, entre las diferentes categorías de trabajadores: trabajadores por cuenta ajena contra autónomos, empleados públicos contra trabajadores del sector privado, etc. Para modernizar Italia debemos, en cambio, producir “fracturas verticales” en el seno de cada categoría, dividiendo y contraponiendo a las personas válidas de aquellas que tienen comportamientos inaceptables. Ésta es la base para una verdadera meritocracia y para destruir todos los receptáculos de parasitismo y clientelismo que existen en nuestro país. […]
Estoy seguro de que el Gobierno se moverá en este sentido. Es necesario –incluso para la modernización del movimiento sindical– que se abra paso una tendencia a la participación, al mérito, a la productividad, contra cualquier forma de nivelación y de esquematismo ideológico. Resumiendo, debe imponerse una nueva visión de lo social no condicionada por la cultura de izquierdas. Una política social moderna, que no quiere ser filantropía genérica, sino que ambiciona convertirse en un elemento de crecimiento civil real y efectivo, no puede no pasar por la valorización de los representantes sociales. Por ello es prioritario romper la histórica subordinación de estos representantes (desde el sindicato a la cooperativa, pasando por el asociacionismo social) a la ideología de izquierdas.
He dado todos estos ejemplos para demostrar cómo es necesario un gran esfuerzo cultural y político para identificar los temas y las consignas del nuevo partido. Para esto me parece muy acertada la idea […] de una gran conferencia programática que se lanzará en otoño, la cual no ha de ser un escaparate o una pasarela, sino que ha de constituir una ocasión para llamar a las fuerzas más vivas de la cultura y de la sociedad a que discutan con nosotros. Una conferencia abierta a todos aquellos que, “oliendo” los mismos problemas, quieran hacer del Pueblo de la Libertad el “motor político” que ponga otra vez en marcha a Italia. Debemos dialogar con todas las fuerzas vivas que pueden confluir en el Pueblo de la Libertad, a fin de que los temas y valores de la derecha emerjan con fuerza y se impongan en la agenda política.
Necesitamos una carta de valores y un proyecto programático que sean claros y rigurosos, porque es importante construir el nuevo partido sobre fundamentos realmente compartidos. Debemos llevar estos principios a Europa, al seno del Partido Popular Europeo, donde nuestro ingreso no debe estar marcado por la resignación a confundirnos en un viejo contenedor post-democristiano. La nuestra deberá ser una entrada con la cabeza alta, en el espíritu de quien está introduciendo dentro del Partido Popular Europeo valores determinantes para la identidad europea, valores sin los cuales nuestra Europa no tendrá jamás un proyecto histórico. He ahí nuestra misión, nuestro desafío, nuestro orgullo. […]
El Pueblo de la Libertad debe ser un partido fuertemente participativo. Una realidad móvil, dinámica, que estimule el crecimiento, que reúna a las fuerzas vivas de nuestra sociedad civil, en nuestra comunidad nacional. Sobre todo, el acto de constitución del Pueblo de la Libertad debe ser profundamente sentido y vivido. Para lograr estos objetivos, debemos ser nosotros los que demos el impulso correcto: todo nuestro bagaje de militancia, de participación, de sacrificio, que ha marcado nuestro modo de hacer política, lo debemos versar en el seno del Pueblo de la Libertad para dar vida a un partido dinámico, de movimiento, protagonista, sin complejos de inferioridad respecto a la izquierda, con una gran capacidad de elaboración cultural, con la profunda conciencia del proyecto histórico que tenemos delante. Éste es nuestro reto. […]

Traducción: Rodolfo Vargas Rubio


La lucha contra el aborto no es una causa perdida

agosto 29, 2008

JORGE SOLEY CLIMET

Ahora que la cuestión del aborto ha vuelto a la primera página de la actualidad gracias a las denuncias efectuadas contra algunos centros abortistas que perpetran abortos a fetos en avanzado estado de gestación, no estará de más volver nuestra mirada a tres lugares en los que se están dando avances en la batalla por la defensa de la vida: Croacia, Estados Unidos e Italia.

La noticia que nos llega desde Croacia no deja de sorprender: sin modificación de la ley del aborto comunista, los abortos practicados en el país han disminuido en un 88,5% desde la caída del comunismo, en 1989, hasta el año 2005. ¿A qué se debe tal fenómeno? Marijo Zivkovic, presidente del Centro por la Familia de Zagreb, avanza algunas claves que ayudan a comprender lo sucedido. En primer lugar, habla de una Iglesia católica y unas asociaciones provida que se han volcado en la transmisión de la cultura de la vida, y que lo han hecho sin medias tintas (en expresivas palabras de Zivkovic, ha sido muy importante “la utilización, por parte de la Iglesia, de un lenguaje no clerical”). Además, el dato de la caída del aborto se enmarca en una tendencia que deja bien a las claras que las sociedades colapsan o recuperan su vigor globalmente: así, junto a la caída de abortos, tenemos un crecimiento demográfico del 11% de los menores de 14 años, un mayor número de familias con al menos tres hijos, una muy baja tasa de divorcios y una tasa de incidencia del sida también muy pequeña. Para mostrar cómo la cultura de la vida ha calado en Croacia baste un último ejemplo: la moneda de 25 Kunas, que representa a un niño en el vientre de su madre (¿para cuándo una moneda de euro con tema provida?).

Desde Estados Unidos, por su parte, nos llegan ecos de la tradicional Marcha por la Vida que se desarrolla anualmente en Washington el 22 de enero, congregando en esta ocasión a más de trescientas mil personas. La multitudinaria March for Life es uno de los signos que revelan cómo los defensores de la vida ganan terreno en los Estados Unidos, como por otra parte atestiguan las encuestas del Instituto Harris, que muestran que el porcentaje de norteamericanos favorables a Roe vs. Wade, esto es, a la legalización del aborto, eran un 59% en 1976, mientras que en 2005 habían bajado 7 puntos hasta un 52%; por el contrario, los contrarios al aborto han crecido en estos treinta años 19 puntos, desde un 28% en 1976 a un 47% en 2005. Pero el camino no ha sido nada fácil para los provida, que han tenido y tienen que luchar con unos medios de comunicación con un importante sesgo abortista. Una de las claves de la estrategia provida en Estados Unidos es precisamente la celebración anual de la Marcha por la Vida. La Marcha por la Vida posee una serie de rasgos propios que nos pueden ayudar a comprender su importancia: 1.- En primer lugar, y a diferencia de muchos países europeos en los que los grupos provida están más o menos divididos, la Marcha agrupa al conjunto de la amplia constelación provida que, al menos una vez año, se muestra con una sola voz. Y no se crea que no existen diferencias entre los gradualistas de Americans United for Life y los intransigentes de Operation Rescue. Una de las claves para que todos los grupos y corrientes acudan es que la March for Life no la organiza ninguno de ellos, sino una asociación específica, la March for Life Education and defense Fund, que se mueve en otro orden. 2.- En la lucha provida son abundantes los compromisos y la estrategia de ir dando pequeños pasos. Esta estrategia permite conseguir pequeñas victorias y dar ánimos a los militantes provida, pero implica un peligro importante: autoconvencerse de que lo importante son esos compromisos y perder de vista o silenciar que el objetivo final es la abolición del aborto. La Marcha sintetiza esta aparente tensión: si por una parte cada año los oradores celebran la más mínima victoria, congratulándose de ella, la manifestación tiene un lema claro que indica la voluntad de no ceder en la defensa de los niños por nacer: “No Exception! No Compromise!”. 3.- Además, y un poco al estilo de otras grandes concentraciones (uno no puede dejar de pensar en las Jornadas Mundiales de la Juventud), en torno a la Marcha suceden muchas cosas. La mayoría de los manifestantes vienen de lejos de Washington y aprovechan para ser recibidos por los senadores de su estado y por los representantes de su distrito. Se suceden conferencias, simposios, cenas que reúnen a representantes de todo el espectro provida… y misas, pues la Iglesia católica se vuelca, desde sus obispos (36 presentes, de los que 4 eran cardenales) hasta sus parroquias, pasando por la misa para jóvenes católicos que reúne la mañana de la Marcha a casi 30.000 en el estadio del Verizon Center.

Por último, desde Italia nos llegan ecos de la propuesta de Moratoria del aborto lanzada desde las páginas de Il Foglio por su director, Giuliano Ferrara. Él mismo confiesa estar sorprendido por el eco y repercusión de su propuesta, a la que ya se han adherido múltiples personalidades y que está cruzando fronteras. Precisamente el próximo 3 de marzo Ferrara presentará en España, en un acto organizado por Intereconomía y el CEU, la Moratoria contra el aborto. Será un acto importante en este renovado interés en la defensa de la vida.