Más sobre el liberalismo

febrero 7, 2010

Por Eduardo Arroyo.

La identidad y la herencia cultural no se protegerán con una ideología que hace del hombre un ser económico y con un mercado autoregulado… aunque ese mercado se caiga a trozos.

Me satisface comprobar que mi anterior artículo sobre la “estafa liberal” ha levantado cierta polvareda que, espero, sirva para hacer pensar a todos aquellos que no se ven representados por las fuerzas políticas al uso. Hace escasamente una semana volví a meditar en el tema liberal al enterarme de que una pequeña empresaria, cuya osadía consiste en haber montado un supermercado en una localidad del sur de España, ponía su negocio en venta por el tremendo agobio de los bancos y del sistema impositivo del Estado. Esta audaz mujer no entiende que el mercado se autocorrige y que le colocará donde la ley de la oferta y la demanda necesite que ella esté. Naturalmente, es muy posible que ella no se crea esta estupidez del mismo modo que yo tampoco me lo creo. Más bien, su desgracia radica en un sistema económico organizado para mantener a una casta financiera, política y mediática parasitaria, que vive a costa del pueblo español mientras succiona sus energías y sus ilusiones.

Algo similar se me ha pasado por la cabeza con motivo de la polémica decisión del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a los inmigrantes ilegales. Desde la izquierda más radical hasta las derechas y centro-derechas diversos, todos han entonado un monocorde corífeo sobre la “deriva peligrosa” y la “ilegalidad” de la decisión. Ninguno ha mencionado la tremenda injusticia que convierte al fraudulento empadronamiento de personas que están aquí violando nuestras leyes, en un coladero por el cual gente que lleva aquí seis meses acaba gozando de los mismos derechos que españoles que llevan cuarenta años cotizando con su sudor y su esfuerzo, y gracias a los cuales nuestro país subsiste al tiempo que la mencionada casta parasitaria medra y vive en la opulencia que niega a los demás.

Me pregunto qué es lo que tiene la clase política que ofrecer a ese pueblo al que dice representar: muchos creemos que en realidad solo se representa a sí misma.

Y es que a un lado y a otro solo se ve desierto: si el PSOE es quizás el partido menos confiable y más deletéreo de toda Europa occidental, confiar la regeneración nacional a las fuerzas del liberalismo no puede considerarse más que un tipo de suicidio diferente. Confieso que no he sido capaz de resolver la disyuntiva de qué es preferible, del mismo modo que no sabría decir si prefiero morir de peste o de cólera.

El asunto me preocupa especialmente porque veo en todos aquellos a los que España les duele, una absurda deriva hacia un liberalismo acrítico. El caso es que, desde Adam Smith y su escuela, la concepción del hombre como animal económico es el signo distintivo común tanto del capitalismo burgués como del socialismo marxista. Unos y otros están de acuerdo en que la función clave de la sociedad es la economía y, mientras que los marxistas consideran preponderante el modo de producción, los liberales consideran que es el modo de consumo quien determina la estructura social. Así las cosas, no es de extrañar que para el liberal, la sociedad civil solo deba consentir en asignarse el bienestar material, algo que solo puede alcanzarse a través de la libertad económica.

El hombre, definido como agente económico, es capaz de aspirar al bienestar material obrando en favor de su mejor interés, naturalmente, también material. Este mejor interés material juega un papel análogo al del “interés de clase” dentro del marxismo, de modo que el sistema está organizado en torno a tres postulados básicos y relacionados entre sí: primero, que el hombre, “bueno” por naturaleza, es capaz de distinguir “racionalmente” siempre su mejor interés y, en segundo lugar, que el interés individual coincide con el interés general. Corolario de este segundo postulado es que lo colectivo deja de existir para pasar a equivaler a la suma de un montón de intereses individuales considerados, dogmáticamente, como no contradictorios. Por último, en tercer lugar, exige una cierta dosis de igualitarismo, dado que si los hombres no fueran todos iguales, no podrían obrar “racionalmente” en busca de su propio interés.

Estas ideas se hallan en el “núcleo duro” del liberalismo de toda época y constituyen el fundamento de las características del liberalismo resumidas por John Gray, que vimos en el artículo de la semana pasada. La aparición de esquemas de interpretación del mundo en torno al homo oeconomicus marxista o liberal es lo que hace aparecer en la historia la denominada “ciencia económica”. Es decir, una esfera de conocimiento técnico, modificable según las circunstancias, naturalmente subordinada a esferas superiores como la antropología o la historia, pasa a ser una esfera autónoma que no depende más que de sus propias leyes. De ahí que los diarios liberales empleen a menudo un lenguaje casi religioso para hablar de fenómenos económicos que, según ellos, son casi como las leyes de la naturaleza: “su actuación ha sido castigada por el mercado”, “el mercado lo ha querido así”, “las leyes económicas son inexorables”, etc. Este, y no otro, es el origen del economicismo pero hay más.

El liberalismo, en términos históricos, no es que reivindique la libertad de los individuos, sino que lo que realmente reivindica es la libertad de las nuevas fuerzas de poder que nacen frente al Estado y de quienes las manejan. De ahí que la crítica liberal al poder del Estado enmudece frente a las concentraciones de poder, a menudo mucho más poderosas, de las empresas transnacionales. El liberalismo ha constituido el armazón intelectual para justificar la emancipación de la función económica respecto de lo político. La estrategia seguida es criticar “al poder” personificado en exclusiva por el Estado –jamás por los mastodónticos trusts bancarios o las multinacionales- subrayando su “ineficacia” y los peligros de la “ausencia de límites del poder”.

Además, el liberalismo aspira a vaciar al Estado de todo contenido político y relegar lo político a una esfera subordinada a los intereses económicos. La jerarquía natural queda así invertida, de manera que el Estado y su gobierno solo deben mantener la seguridad y la paz que garanticen la libertad de comercio. La función gubernamental bascula desde el Estado hacia los gurús de la economía, donde está la verdadera ley determinante de lo social, hasta que el Estado mismo se ve relegado a un mal necesario y llevadero, en trance de desaparecer, en la misma línea que la “sociedad sin clases” del marxismo.

Esta visión de las cosas, tan crítica en apariencia con las “desigualdades humanas”, sustituye las desigualdades no económicas –consideradas despectivamente como “privilegios”- por otras económicas. El éxito económico es el éxito sin más y son las leyes de la economía quienes seleccionan a “los más capaces”. La desigualdad económica, que en otro tiempo solo se justificaba por la desigualdad espiritual, pasa a ser la única válida y las aristocracias de todo tipo desaparecen mientras se implementa, con pretensiones de universalidad, la jungla económica en nombre de la “libertad” y la “igualdad”. Los que fracasan en semejante entorno son solo adscribibles, como nuestra empresaria andaluza, al club de los “perezosos” o al de aquellos que no han sabido “adaptarse al mercado”. En la selva económica desaparece cualquier signo de identidad colectiva no económica. Entre el “individuo” y la “humanidad” no existe más que el Estado, un mal relativamente tolerable, pero jamás el pueblo. Los pueblos, las culturas, las étnias, etc, pasan a ser sustituidos por meros agregados de ciudadanía en los que prima el interés individual. Los “derechos del hombre” se refieren exclusivamente al individuo aislado “libre e igual”. Los pueblos se transforman en “la población” y los compatriotas son ahora “los ciudadanos” o “los habitantes”. La “soberanía nacional” es ahora el agregado de los millones de voluntades manipulables de los “individuos” que delegan en un poder abstracto, el cual rinde cuentas como si fuera un consejo de administración de un banco.

De ahí la irresponsabilidad de la economía liberal con respecto a las herencias culturales: la venta a empresas transnacionales de las riquezas industriales o artísticas de la nación, la organización de las migraciones según las necesidades del mercado, la deslocalización económica de mano de obra o de recursos y tecnología, la cultura de masas como estrategia para homogeneizar los gustos de los consumidores y alcanzar así el desarme ideológico y la polución cultural de los mismos, todo ello no es sino el corolario lógico de los postulados del liberalismo. Por eso, arrimarse al árbol liberal para contrarrestar los envenenados frutos del marxismo reciclado –con el cual, y sin embargo, tanto comparte- constituye un crimen de lesa patria al que muchos no estamos dispuestos.


FELIZ E IDENTITARIA NAVIDAD

diciembre 16, 2008

¿LA REBELION DE LAS MASA O LA REBELION DE LAS ELITES?

agosto 30, 2008

Uno de los libros que considero de cabecera es La Rebelión de las Masas de Ortega y Gasset donde analiza el concepto del hombre masa producto de una época caracterizada por la estabilidad política, la seguridad económica y el confort producido por el exacerbado consumismo. El Hombre-masa solo preocupado por su propio bienestar no tiene en cuanta nada ni nadie que no sea perpetuarse en la misma situación. La época del niño mimado de la historia. “ Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo- en bien o en mal- por razones especiales, sino que se siente “ como todo el mundo”, y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al saberse idéntico a los demás

Leyendo El Manifiesto, en su versión en papel, me encuentro con el articulo de Rodrigo Agulló “El progresismo ,enfermedad terminal del izquierdismo” que en su segunda parte nos hable de Christopher Lasch. En su obra “La Rebelión de las elites y la traición de la democracia” le da una vuelta a la famosa tesis de Ortega y Gasset, según la cual la “rebelión de las masas” es la principal amenaza contra el orden social y la tradición occidental. Según Ortega y Gasset el valor de las elites consiste en autoimponerse obligaciones y vivir en al servicio de valores exigentes, sin los cuales la civilización seria inexistente. La masa, por el contrario, es ajena a todo valor de excelencia, y carece de comprensión frente a los grandes deberes históricos: volcada en las trivialidades del bienestar personal , vive confiada en un porvenir de posibilidades ilimitadas y de libertad completa tal como explicábamos arriba.

Pero para Lasch las actitudes mentales que atribuye Ortega a las masas son hoy en día mas caracterizadas por los estratos superiores de nuestra sociedad. La elite ha perdido la fe en los valores de Occidente para pasar a asumir los valores hedonistas que Ortega atribuye al Hombre-masa. Esta clase formada en la mentalidad nómada y multicultural del mundialismo está compuesta por los hombres y mujeres “de paso”, a los que les falta “ese sentimiento de gratitud ancestral, o de la obligación de estar al nivel de las responsabilidades heredadas del pasado”. ¿Un porvenir de posibilidades ilimitadas y la libertad completa no es lo que se nos presenta como el summun del progreso por parte de la actual elite intelectual y política?

¿Y qué ha sido de las masas? Para Lasch las masas han perdido todo interés por la política. Y paradójicamente “sus instintos políticos son más conservadores que los de los autoproclamados portavoces y sedicentes liberadores” . Vemos que preferente en el “pequeño pueblo donde aun existen algunas de las actitudes más vilipendiadas por el actual sistema imperante ya que el las clases populares “tienen un sentido de los límites considerablemente más desarrollado que las clases superiores” y se muestran por ello más reacias a experimentos sociales. No es por tanto de extrañar que el “pequeño pueblo” sea objeto de paternalistas campañas demagógicas imbuidas en el desprecio que muestran las elites hacia el pueblo manifestándose, entre otras cosas, en la frecuente representación del tipo de la clase popular como un “paleto” , inculto, obtuso, machista, racista, etc… (la España profunda). Son continuas las campañas pedagógicas para que termine aceptando los mandamientos de la elite, y cuando el pueblo se “equivoca” y no va por donde la elite quiere se tiene que repetir la lección hasta que “acierte” con apoyar lo que plantea la elite, como vemos con el tema de las Constituciones Europeas y sus referéndum que solo tienen validez cuando sale ganador lo que le conviene a la elite.

En España tenemos muchos ejemplo de la imposición por parte de las elites de una moral hedonista al pueblo como por ejemplo las bodas homosexual símbolo por excelencia de la liberación de los tabúes históricos y culturales en una visión individualista de la sociedad donde cada uno escoge su moral o su ausencia de moral. ¿Ustedes que opinan? Yo me voy a leer el libro de Christopher Lasch.


Para acabar con Mayo del 68 (instrucciones de uso)

agosto 27, 2008

JOSE JAVIER ESPARZA

La Europa del 68 aún vivía bajo la sombra de la generación que hizo la guerra. Quizás había que desplazarla. La sustituyó la generación de Mayo del 68, que ha venido mandando hasta hoy. Hoy tenemos que desplazarla.

Mayo del 68. No es sólo París, los adoquines, los CSR, De Gaulle que se va, todos esos recuerdos en blanco y negro de un simulacro de revolución pequeño-burguesa. El 68 es bastante más, algo antes y mucho después de esa fecha. Es el despiporre californiano de Berkeley, la fascinación de los jovencitos ricos por el Ché Guevara, la transformación del cristianismo en asamblea del “camarada carpintero”; es la adoración sin límites (ni crítica) por los “condenados de la tierra”, la reivindicación de lo horizontal contra lo vertical, la demonización de cualquier autoridad como “fascista”; es la transformación de lo privado –la sexualidad, por ejemplo- en materia de derechos públicos, es el rencor hacia la propia identidad, es la búsqueda de paraísos artificiales en la droga o en la contracultura o en la evasión espiritual; es la degeneración de la moral en sentimentalismo, la certidumbre paralizante de que todo es relativo, el nihilismo pasivo de la indiferencia; es la expulsión de la norma fuera de la Ciudad, la apoteosis del individuo como regla única de validez universal, y la ceguera ante cualquier realidad conflictiva, y al mismo tiempo la transformación de la lucha de clases en modelo apto para todo (lucha de generaciones, lucha de sexos, lucha de…), y también la Gran Negación: negación de lo bueno como valor, de lo bello como valor, de lo justo como valor. Y después, la metamorfosis de los viejos revoltosos en progresistas gentes de dinero, la petrificación del desorden establecido, el fin de lo político, el repliegue sobre sí mismo, el imperio del mercado y el consumo, de la pequeña satisfacción individual sobre cualquier apuesta colectiva.

Todo eso es, en realidad, Mayo del 68. Nosotros somos Mayo del 68 –bien a nuestro pesar.

¿Acabar con Mayo del 68, dice Sarkozy? Oh, sí: perentoriamente, cuanto antes, incluso brutalmente; empujar este monigote de la Gran Parálisis de Europa con ferocidad y ruido, entre carcajadas joviales, a golpes de espada y maza, al son de himnos venidos del fondo de los tiempos. Pero sabiendo de antemano que el monigote caerá sobre nuestras cabezas. Es la imagen de Sansón moviendo las columnas del templo: lo que da fuerza a la estampa es la certidumbre de que el templo aplastará a Sansón. Así nosotros, hoy, ante Mayo del 68: también caerá sobre nuestras frentes –eso sí: altivas.

¿Acabar con el 68? Sea. Entonces habrá que organizar las cosas de otro modo. Habrá que pensar que la finalidad del individuo no es “gozar sin trabas”, sino ponerse al servicio de algo que le trascienda, incluso si eso implica gozar menos. Habrá que dejar de decir “haz el amor y no la guerra”; ahora habrá que estar preparados para hacer el amor y también la guerra. Habrá que aprender de nuevo a ver el mundo en vertical, a ensalzar el valor de lo bueno, lo bello y lo justo. Habrá que rescatar la idea de mérito y dar a cada cual lo que merezca, y juzgar que es bueno que así sea. Habrá que enseñar a la gente a amar a su patria y a guardar su identidad histórica. Habrá…

Habrá que darle a nuestro mundo la vuelta como a un calcetín.

(Entre usted y yo: no creo que Sarkozy tenga realmente intención de hacer todas estas cosas. Pero a veces en la Historia ocurre que alguien tira una piedra al agua tranquila, la piedra agita un fondo desconocido, el fondo se mueve y transmite su agitación río abajo y, allí, un remanso hierve súbitamente en violenta espuma, y ya no importa ni el agua ni la piedra ni el remanso, sino sólo la fuerza que casi por azar se ha puesto en movimiento. ¿Quién sabe?).


¿Qué somos?

agosto 6, 2008

“La Derecha no es una ideología, es un estilo de vida que coincide con unos valores fundamentales, y dentro de estos valores, en primer lugar, como cúpula de todos ellos, están los valores cristianos. La Derecha es un estilo de vida permanente dentro del cual está el amor, la familia, la propiedad privada, la fe religiosa, la moral, el heroísmo en la guerra como en la paz, esos son valores fundamentales que siempre han sido, volens nolens, de derechas, porque en contra de todos ellos siempre se han manifestado los de izquierdas. Ellos se han inventado una ideología, una filosofía para poder atacar estos valores que no necesitan de ninguna ideología. La Derecha representa la vida, y la Izquierda representa lo tanático. La Derecha está por el amor normal o natural en contra del aborto, en pro de la familia, en contra de la droga. Y no en balde, porque esto significa defender la vida. Desde el otro campo, desde el campo de las ideologías, que son siempre de izquierdas, brotan siempre los ataques en contra de la vida, defendiendo actitudes contra natura”.

Vintila Horia