La falsa evidencia de un PP católico

enero 13, 2009

Por Grupo Eugenio Merino

¿Cómo es posible que algunos dirigentes del PP estuvieran situados en la zona reservada a los curas y a los diversos ministerios litúrgicos en la misa de Colón del pasado día 28? ¿Cómo es posible que la denominación de Mayor Oreja como candidato del PP a las europeas sea noticia en las páginas de religión? ¿En qué piensan los periodistas católicos cuando piden el voto al PP, aún reconociendo que es un partido abortista? El grupo Eugenio Merino contesta a estas y otras preguntas: siguen a Maquiavelo y no el testimonio de Santo Tomás Moro.

Decía Rovirosa que la mentalidad de una persona se sostiene en las evidencias que configuran su conciencia; se trata de certezas adquiridas y no necesariamente verificadas racionalmente, sino que forman parte del patrimonio interior adquirido desde niño en el seno de una familia o de un grupo determinado.

A algunas de estas evidencias los antropólogos las llaman “dictados tópicos” en cuanto que dictan unas normas sobre cómo son los habitantes de un determinado lugar; ya se sabe, que si los catalanes y milaneses son laboriosos y los andaluces y napolitanos vagos; o si las mujeres son cotillas y los hombres fuertes y valientes. Otras son más modernas y tienen que ver con la pertenencia a un equipo de fútbol o con vestir determinadas modas o marcas, que llegan a clasificar a los jóvenes en tribus. Hasta hay algunas de ellas que tienen que ver con la comprensión política desde la pertenencia a una nación a la afiliación espontánea a un determinado partido; hay quien es muy español o muy catalán, o se define como de derechas o de izquierdas “de toda la vida”, sin que en realidad sepa definir muy bien por qué, pero lo defenderá visceralmente.

Todas estas evidencias interiores tienen una poderosa influencia en cómo se relacionan las personas con su entorno, en sus decisiones morales y en el trato de unos grupos con otros. Pensemos, por ejemplo, lo distinto que es plantearse la paternidad cuando era evidente aquello de “hijo sólo hijo bobo” o cuando a la que tiene tres hijos todos le llaman “coneja” en su oficina o en el ascensor de su casa. Pensemos las consecuencias de que durante décadas la sociedad vasca haya dicho “algo habrá hecho” cuando ETA mataba, y las víctimas tuvieran un entierro vergonzoso y sin autoridades a las 8,00 de la mañana antes de trasladar el féretro a un pueblo de Extremadura. Estas evidencias acaban siendo una falsa conciencia de lo que está bien y lo que está mal, previa a toda convicción moral e impuesta por la vía de los hechos a la decisión personal.

Pero qué ocurre cuando estas evidencias no son sólo pensamiento de un colectivo sino que hay quien las convierte en pensamiento institucional. ¿Qué ocurre cuando las regiones privilegiadas por el Franquismo creen evidente que fueron sus víctimas y negocian cobrándose siempre “deudas históricas” interminables? ¿Qué ocurre cuando los que pertenecen a partidos que mataron en la Guerra Civil se creen que sólo hubo barbaridades imputables al otro bando? ¿Qué ocurre cuando alguien se cree que defiende “las libertades” restringiendo la libertad religiosa de los padres, con la convicción de que está librando a la sociedad de opresiones ancestrales? Estas evidencias aplicadas a la ley se convierten en otras tantas injusticias que niegan, nada menos, que los principios que dicen defender.

Algo parecido ocurre con los medios confesionales católicos en España. Parece que ni la nefasta experiencia del pasado, ni la afirmación del Concilio de que la Iglesia no está ligada a ninguna ideología o partido, los libra de la evidencia de que la Iglesia y la derecha son lo mismo. Basta ver las informaciones sobre el encuentro de familia en Colón el pasado diciembre: fotos de políticos del PP en primera línea. Políticos que aunque estos medios dicen que fueron de “incógnito” se ve por la foto que alguien de la organización los colocó en la zona reservada al presbiterio y la prensa; lo que muestra que en el obispado de Madrid hay alguien que los considera representantes eclesiales como lo son los sacerdotes o ministros de la comunión que ocupaban ese lugar, ¿o lo que querían era tenerlos a tiro de los objetivos de la prensa? Una comprensión de las cosas que se hace evidente cuando en los días siguientes la nominación de uno de ellos como cabeza de lista a las Europeas por el PP pasa a ser noticia eclesial en los boletines que emite ese obispado y en las páginas de religión de la COPE.

La perversión del tema se las trae, ya que no es un despiste. Otra de las periodistas católicas más puntera lo hacía patente en el Congreso de la Familia organizado este curso por la Diócesis de Alcalá. Cristina López Schlichting lo dijo explícitamente: el primer objetivo es no dividir al PP para poder desbancar a Zapatero y para ello es preciso dejar de lado las cuestiones morales. Una afirmación que la misma periodista reconoció que es inmoral, pues reconocío que el PP esta de acuerdo con la Moral en menos de un 30%, pero que aún así es más importante mantenerlo unido que plantearse la erradicación del aborto o cuestionar a la administración del PP en el ayuntamiento y la comunidad de Madrid por dispensar la píldora del día después a menores sin ni siquiera saberlo sus padres. Es decir, su propuesta es alcanzar el poder y no perder las cotas de influencia que le queden a la democraciacristiana dentro del PP, y esto le parece más importante que la vida de millones de inocentes o la educación moral de nuestros jóvenes.

En teoría política esta inmoralidad sin disimulo tiene un nombre: Maquiavelismo, en recuerdo de Maquiavelo que proponía aquello de que “el fin justifica los medios”. De modo que, como para él lograr el poder y mantenerlo son el principal fin de la política, todo vale para conseguirlo. Este parece ser el argumento de quienes ignoran la moral cuando miran al PP y se rasgas las vestiduras –gesto muy farisaico por cierto- cuando las mismas propuestas vienen de parlamentarios o gobiernos autonómicos de lo que ellos llaman la izquierda.

Frente a ellos Juan Pablo II puso como patrono de los gobernantes y políticos a Santo Tomás Moro, tan culto, moderno y humanistademostró su humanismo y modernidad poniendo el primado de la conciencia que sirve al bien y la verdad por encima de su propia conveniencia, no sólo de su conveniencia política para mantener el puesto como Canciller, sino de su misma conveniencia personal y familiar, jugándose la vida hasta el martirio por no ceder a las inmoralidades contra el verdadero sentido de la familia que le obligaba a acatar su rey. No solo perdió el puesto, sino que dio su vida en el martirio; y por ello es patrón de los legisladores y políticos que en el siglo XXI van a ser perseguidos si defienden la Cultura de la Vida frente a la Cultura de la Muerte. como Maquiavelo, pero no por ello tan pragmático e inmoral como él. Al contrario Santo Tomás Moro

Y ahí esta el meollo de la cuestión. Juan Pablo II sitúa el pragmatismo y el utilitarismo como parte de esa estructura de pecado que es la Cultura de Muerte; y pragmático es lo que propone ser Maquiavelo, o Dña. Cristina que nos pide votar a un partido que ella misma considera contrario en más de un 70% a la moral Cristiana. ¿Y, por qué a ese y no a otro? Puestos a votar  conscientemente por la inmoralidad se podría votar a cualquier otro. ¿O es que quieren llevar a la Iglesia española a repetir la penosa identificación con la derecha, que según el obispo Moro Briz fue la causa de su enfrentamiento con los pobres en la primera mitad del silo XX?

Parece que para ellos Iglesia y derecha han de ser lo mismo. Y atrapados en esta falsa evidencia se niega el discernimiento evangélico que nos pide la Doctrina Social de la Iglesia. En este discernimiento los principios del Mandamiento Nuevo, de la Justicia del Reino y de la solidaridad del Cuerpo Místico siempre se anteponen a cualquier conveniencia y al peso de nuestra vieja mentalidad. Mentalidad que el Reino exige que sea convertida y que Juan Pablo II dice que debe cambiar para salir de la tiranía en nuestras conciencias de las evidencias de una Cultura de Muerte.

Se trata de poner en práctica lo que el Vaticano ha anunciado que hará con las leyes italianas: no se admiten de entrada sin haber pasado por un juicio moral cristiano. Una buena aplicación de lo que la enseñanza de la Iglesia nos pide para ser testigos de la novedad de vida del Evangelio. No atarnos a ideologías, a pre-comprensiones, a evidencias ancestrales ni a tópicos irreflexivos, que son un escándalo que impide a la Iglesia dar testimonio de la novedad del Evangelio y ser en verdad defensora de los pobres y débiles a los que las evidencias de esta sociedad pragmática y capitalista condena a muerte.

Vayamos por el camino de Santo Tomás Moro, que las senda de Maquiavelo ya sabemos que consecuencias tiene: 100.000 personas muriendo de hambre cada día, otras más de 100.000 abortadas solo en España cada año, y el paro que va a alcanzar los cuatro millones; una Europa que se blinda contra los pobres y hace directivas en que a los emigrantes se los retiene más tiempo que a los terroristas. A la hora de votar pensemos en ellos, que son Cristo delante de nosotros, y no en afiliaciones políticas que –como decía Pablo VI hablando del pluralismo político entre los católicos- no son sino la muestra de que estamos vendidos a unos u otros intereses, no por inconfesables menos evidentes por sus perversas consecuencias.

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El voto inmigrante: un suicidio cultural

diciembre 7, 2008
 Por  Josep Carles Laínez
 
Con el aborto, se procede a amputar la posibilidad de reproducción de Europa; con la eutanasia, se secciona el hecho natural de la vida y el ejemplo que puede dar a otros el sufrimiento con dignidad; con la laicidad, se elimina la visibilidad de nuestra religión, historia y tradición para equipararlas a cualquier majanada del último recién llegado… ¿Qué falta? Sin relevo generacional, sin tercera edad y sin valores propios, a ZP sólo le resta la sustitución del pueblo por una sociedad multicultural sin cohesión, sin raíces, ajena a Europa, y que, en determinados sectores, sólo quiere nuestro exterminio (¿qué otra cosa desean las células terroristas paquistaníes desmanteladas en Barcelona que se hacían pasar por humildes tenderos de alimentos?).
 
Con la promesa del voto inmigrante, el PSOE ha dado rienda suelta a la locura. Tal medida es mostrar un desprecio absoluto por España. Que le explique ahora ZP al nacionalista catalán o vasco cuál es la importancia de ser español. Si lo entendían poco, ya no van a entenderlo nada. De paso, que nos lo explique también a nosotros, porque si alguien que no habla nuestra(s) lengua(s), ni sabe de nuestra idiosincrasia, ni tiene pajorera idea de nuestras fiestas, ni jamás ha mantenido una conversación de más de diez minutos con un europeo, ni goza de ascendientes españoles, ni sabe localizar ciudades en el mapa, ni siente apego por nuestra cultura, puede decidir quiénes son nuestros alcaldes, ¿dónde queda nuestra fidelidad a España?, ¿dónde queda el hecho milenario de sentirse heredero de Hispania? Si además va a tener pasaporte en menos de diez años (o, como mucho, en diez años), y sus hijos, por jugarretas legales, van a ser españoles, ¿de qué me sirve mi nacionalidad?, ¿cuál es mi privilegio de ser español?
 
El PSOE supone que, una vez concedido el voto a los extranjeros, éstos votarán masivamente a los socialistas y, así, cambiarán los gobiernos de los lugares donde aún manda el PP. No han barajado que en algunas localidades, si los extranjeros se coaligan, pueden llegar a ser la máxima fuerza y, por tanto, con capacidad para suprimir la festividad al patrón o patrona del pueblo, cooficializar lenguas alógenas a nivel municipal, prohibir la venta de algunos productos … y muchas otras cosas que hacen temblar ante la falta de visión de los socialistas. A ZP sólo le mueve mantenerse en el poder y un odio furibundo a todo lo franquista (en su franja cerebral esto quiere decir España, el cristianismo, y españoles orgullosos de serlo).
 
El voto al extranjero es una cesión innecesaria que no pide ninguna masa social, porque el extranjero es extranjero aquí, pero no en su patria, donde ya se le permite votar. Y que no me salgan con el cuento de lo recíproco (los españoles también podrán votar en la elecciones municipales de los países con los que se firme convenio), porque ¿cuántos españoles viven en Marruecos, en Ecuador, en Bolivia, en Argelia…? La reciprocidad se pacta cuando se saca algún beneficio tangible, ¿qué beneficio hay en la concesión del voto al ajeno en Europa? ¿Hay interés general o sólo es partidista?
 
Duele, sin embargo, que una vez puesto en marcha ese suicidio cultural, a la derecha (con Ruiz-Gallardón a la proa) sólo le quepa sumarse a la idea. Lo otro sería condenarse a la exclusión. Con el voto del inmigrante, Europa da una palada más en su tumba. Sólo cabe esperar que, desde el sosiego, a quienes son religiosos y amantes de la vida tradicional, no se les pase por la cabeza dar el voto a un partido entre cuyos logros se encuentran la destrucción de la familia, la cultura de la muerte y el odio a las manifestaciones religiosas de su pueblo. Ningún buen cristiano ni ningún buen musulmán debería refrendar esa apuesta de destrucción del orden de las cosas, de los fundamentos de toda sociedad que se precie, de lo que no es moda, sino esencia.

Repercusiones de la crisis. Populismo.

noviembre 4, 2008

JOSÉ MARÍA MARCOHace muy pocos días me preguntaron si yo pensaba que había posibilidad de lanzar un nuevo partido político. Respondí que no, pensando que tal vez sí. Me explico.

El “no” procedió de la sospecha de que se me estaba invitando a participar en la aventura. Sospecha injustificada, dado mi interlocutor, pero irreprimible desde mi breve, y ya antiguo intento de paso por la política. El sí con reparos procede de la observación de la realidad española. A los dos grandes partidos se han sumado otros dos, Ciudadanos y UPyD. Parecen bastantes, y probablemente lo son. Pero tal vez hubiera espacio para uno nuevo que planteara con claridad ante la opinión pública algunos de los asuntos que cada vez más la mueven… y la indignan: el nauseabundo derroche de dinero público practicado en todas las administraciones; el aumento de impuestos y la falta de voluntad de reformar y flexibilizar la economía, que castiga a los autónomos, a los emprendedores, a la gente con ganas de trabajar; la consolidación de una casta política ajena o contraria a los mínimos principios democráticos; la falta de independencia del poder judicial y la farsa en que se ha convertido el legislativo; la asfixia provocada por lo políticamente correcto y el designio totalitario de las minorías; la inmigración y sus consecuencias… Todo eso sin contar con la cuestión nacional.

Como estamos abocados a una crisis económica de larga duración, si no a una recesión a la japonesa, es probable que todos estos problemas se vayan agudizando con el paso del tiempo. Si es así, cada vez resultará más verosímil la aparición de un partido político que vea en ese descontento una oportunidad. Siguiendo las costumbres de los bienpensantes, sería calificado automáticamente de extrema derecha. No tendría por qué serlo, como no lo han sido otros partidos aparecidos con motivos similares en algunos países europeos. Les ha caracterizado algo que no gusta a las elites pero que está en la base de buena parte de los movimientos de renovación democrática: el populismo, que se proclama ajeno a las clasificaciones políticas tradicionales en izquierda y derecha y hace de la anti política un motivo de movilización. Ahora que la política, con mayúscula, vuelve por sus fueros, como andan proclamando los socialistas y su correligionario Sarkozy, el populismo tiene mucho más campo que antes. Bien es verdad que en ocasiones el populismo sólo sirve para suscitar una reacción del establishment, como ocurrió con Le Pen cuando contribuyó a apuntalar la mayoría inmovilista de Chirac en 2002.
El populismo, por otra parte, no es monopolio de un futuro partido político ahora inexistente. La crisis financiera ha puesto en manos de los Gobiernos occidentales cantidades ingentes de dinero que probablemente van a ser utilizadas con escasa transparencia y en detrimento del control democrático y de los mecanismos de toma de decisiones respetuosos con la opinión pública. Al gigantismo del Estado moderno, no del todo corregido tras la caída del Muro de Berlín, se suma este nuevo poder, que dejará rastro. Ha sido jaleado desde la izquierda en nombre de una retórica anticapitalista, pero en buena medida –y así se ha comprobado en los apoyos recibidos– se ha presentado como una necesidad, algo que estaba más allá de las posiciones políticas y por supuesto de las ideologías. La coartada postideológica no es propia del populismo, pero abre la puerta a la tentación de apelar al votante sin molestarse en pasar por los elementos que conforman la racionalidad política. Barack Obama, excelente representante de la actitud postideológica que arrasa en el electorado norteamericano, encarna bien un populismo que explota la frustración y la sensación de derrota de la opinión pública del otro lado del Atlántico. Claro que allí la larga tradición democrática neutraliza, en parte, los posibles riesgos.
Un país como España está particularmente mal preparado para hacer frente a una nueva ola intervencionista que puede desembocar en síndrome agudo de populismo en cualquier momento. La escasa conciencia de participar en una comunidad nacional, la falta de tradición democrática y la nula capacidad de la opinión pública española para relacionar libertad con prosperidad convierten a nuestro país en un campo ideal para experimentar con un populismo particular, disfrazado de respeto al sistema e incluso de moderación. Tal vez sea necesario algo del primero para poner coto a este segundo.
© Libertaddigital.com


El largo viaje del PP al centro… de un agujero negro

agosto 13, 2008
José Javier Esparza
Parece que la clave de la crisis del PP está en un nuevo giro al centro. Más precisamente: un nuevo giro hacia lo que la izquierda dice que es el centro. De momento, el baile ha costado el abandono de dos auténticos mitos políticos como María San Gil y Ortega Lara. En el lado contrario aparecen Alberto Ruiz Gallardón y nada menos que Manuel Fraga. El cual, por cierto, fue el primero que habló de “centro” en estos lares allá por los primeros setenta. Claro que, desde entonces, el mundo ha dado la vuelta varias veces.
La ofensiva centrista del PP ha dibujado un ancho arco que va desde el viejo Fraga hasta el joven Lasalle pasando por el intemporal Gallardón. A los liberales les ha cabreado mucho porque ellos, por lo general, tienden a pensar que son el centro: el centro del mundo y el centro del mapa político, un paraíso de bondad entre las peligrosas derivas de conservadores y socialistas. Pero, claro, ocurre que el centro, a su vez, cambia de lugar según las circunstancias, y así anda toda la derecha española descolocada: porque no quiere ser derecha, sino centro.
Conste que en eso del centro Fraga tiene mucho que decir. El primer planteamiento teórico del centro político en España es precisamente de Fraga y nada menos que del año 1969; luego lo expuso en su “Teoría del Centro” de 1973. En aquellos años, los que vislumbraban un futuro inmediato en democracia no dudaban de que el portavoz del centro político en España sería precisamente Fraga, que se contaba entre los más liberales de los hombres del régimen de Franco. Después, como es sabido, a Fraga le birlaron el invento: se lo birló una generación que acababa de descender del árbol de la extrema derecha, es decir, del Movimiento Nacional, y a Fraga lo convirtieron en el ogro de la derecha dura. Así se escribe la historia.
¿Qué decía Fraga en aquella teoría del centro? El centrismo, para Fraga, era al mismo tiempo un estilo –un talante- y un posibilismo: “La línea de lo posible entre la derecha inmovilista y la izquierda utópica”. Como talante, remontaba el centrismo a la idea aristotélica del “justo medio” en tanto que eje de la virtud. Y como posibilismo, Fraga apuntalaba su teoría con el hecho de que las clases medias, que son los grupos mayoritarios en las sociedades desarrolladas, se sienten inclinadas hacia actitudes de centro. O sea que el centro es, además de civilmente virtuoso, políticamente rentable. Otrosí, el centrista no es ni conservador ni revolucionario, sino reformista: ni rechaza el orden establecido ni lo acepta incondicionalmente, sino que desea “transformarlo selectiva y evolutivamente”, es decir, en sectores determinados y de modo progresivo y sin violencia. Entre una derecha que cree en la autoridad y a veces degenera en la fuerza, y una izquierda que cree en la igualdad y a veces degenera en anarquía, el centro es el recto camino del Derecho que regula las libertades individuales y colectivas. Pero el centro no es un “tercer partido”, un “partido del medio”, sino una orientación de conducta común a dos grandes partidos: uno de (centro)-derecha y otro de (centro)-izquierda.
El centro envejece
Fraga formuló su teoría en una época en la que todavía se vivía la pugna entre dos modelos de sociedad: el capitalista y el socialista. El centro era un lugar de encuentro y sobre todo una garantía de resolución pacífica de conflictos. No significaba, en su caso, la renuncia a los principios fundamentales de una visión del mundo: libertades individuales, derecho público de tradición cristiana, economía de mercado, etc. Después, sin embargo, el mundo cambió. El socialismo marxista desapareció como modelo de sociedad alternativo. En su lugar se difundió una nueva visión de las cosas simplemente “progresista” –en realidad, nihilista- que no censuraba en modo alguno la economía de mercado ni la gestión tecnocrática de lo social. Esa nueva visión triunfó allá donde el marxismo había fracasado: la penetración pacífica en la mentalidad de las muchedumbres.
En la nueva situación, el centro perdía cualquier referencia sólida. Antes era una práctica subordinada a unos principios; ahora, disueltos los principios, ¿qué otro sentido podría tener? Sólo éste: el de una forma de gestión de la realidad social preexistente. Y eso es exactamente lo que significa el centro cuando lo enuncian bocas como las que ahora quieren cortar el bacalao en el PP: adaptarse al paisaje renunciando a pintarlo de ningún color. Ya no se trata de proponer una idea de la democracia, una idea de la sociedad, una idea de la nación, sino que simplemente se aspira a gestionar una realidad que viene dada de antemano, prescindiendo, por supuesto, de la enojosa pregunta sobre quién ha fabricado esa realidad. Contra lo que se dice por ahí, esto ni es nuevo en el PP ni es cosa sólo de Gallardón: desde antes de 1996 Aznar hablaba de la renuncia de su partido a “cualquier a priori ideológico o estético”. Desde entonces hasta hoy, los aprioris los han puesto otros: la izquierda.
Por eso hoy, aquí y ahora, el “giro al centro” no significa más que una claudicación general: adaptarse a la confederalización del Estado, al debilitamiento de la unidad nacional, al adoctrinamiento progresista en la escuela, etc. El centro, hoy, es vivir mentalmente en el mundo que la izquierda preconiza.
El centro nunca ha significado nada en el terreno de los principios y de las ideas. Es una etiqueta de tipo afectivo, de implicaciones más psicológicas que políticas, que ante todo comunica una impresión de moderación y templanza, y que lo mismo podría ejecutarse desde un partido socialista que desde otro conservador (incluso desde uno liberal). En el caso concreto de la derecha española, la permanente búsqueda del centro no es más que una consecuencia de su temor a aparecer como derecha. Dado que la cultura social viene marcándola la izquierda desde los años 70, la derecha es incapaz de explicarse por temor a ser mal entendida. Lo único que puede argüir en su favor es el espíritu de moderación y la eficiencia técnica (sensatez, inglés y nuevas tecnologías). Pero basta con que la izquierda sea capaz de presentarse como moderada y eficiente –aún mintiendo- para que ese argumento se disuelva como un azucarillo. Y eso es lo que hoy le pasa a la derecha.
(El centro es una engañifa. Así de simple. Pero valía la pena dedicar mil palabras a explicarlo).

Marianismo. Todos al Woodstock ideológico

agosto 12, 2008
GEES
Una de las características del lenguaje de lo que ha venido en llamarse “buenismo” es la yuxtaposición, unas detrás de otras, de palabras-fetiche que dan lugar a frases que no dicen ni comunican prácticamente nada, pero que se supone provocan en el espectador una sensación positiva y embriagadora. El uso continuado de estos términos –igualdad, derechos, diálogo, tolerancia, modernidad– acaba convirtiendo la política en un lodazal espeso donde es difícil introducir algo de racionalidad, algo de responsabilidad y algo de rigor político.
El lector sabe bien a que nos referimos porque ha observado la deriva de la izquierda española desde la llegada de Zapatero. Bien es cierto que éste no ha creado un fenómeno que nace de la crisis intelectual y cultural occidental, pero constituye su vanguardia. Los discursos de Zapatero son chaparrones de conceptos sin definir ni delimitar, que suenan bien y que embriagan a una izquierda poco dada a la reflexión. Nada quieren decir, más allá de que no hay principios ni valores. Pero esto cala, y mucho. De hecho, la izquierda se ha convertido en un inmenso Woodstock ideológico, donde periodistas, intelectuales o políticos se revuelcan, despreocupados y ebrios, entre palabras fetiches de escaso significado, pero que les evitan tener que articular un discurso sobre la emigración, el terrorismo, la violencia doméstica o el nacionalismo, por ejemplo.
Esta orgía de buenismo ha acabado por extenderse también al Partido Popular. Lo decíamos el otro día: el gran partido de la derecha ha renunciado a defender ideas; incluso las desprecia y trata a quien argumenta con ellas de radical o antipático. Como antes el PSOE, está renunciando a un discurso teórico racional, riguroso. ¿Qué significa definir un proyecto político como “centro, mujeres, diálogo y futuro”? Pues muy sencillo: nada. Significa unirse a la táctica de la lluvia de conceptos-fetiche. Significa la intención de renunciar a un discurso y unirse a la orgía relativista de la izquierda, frotarse con el emotivismo, revolcarse en el nihilismo. Porque esto, y no otra cosa, es lo que la izquierda entiende por simpático, moderado y centrista.
A estas alturas, con un cambio de régimen en marcha, con una izquierda política y mediática que pide con poco disimulo la censura, con un Congreso socialista del que saldrá una estrategia para limitar la libertad de conciencia, el Partido Popular se dedica a hacer rimas, a confraternizar con la izquierda y a revolcarse por el lodo del emotivismo, el fetichismo lingüístico y el buenismo propagandístico. Grave es que la izquierda española se instale en un Woodstock ideológicamente endogámico y autoreferente. Lo malo es que el Partido Popular está empeñado en participar en un festival al que le han invitado, pero en el que nadie le quiere. Y parece gustarle.

La estrategia de la derecha. Llevar la contabilidad de la izquierda

agosto 10, 2008

GEES

Esto es algo que tanto la derecha política como la cultural debieran no olvidar nunca. Cuando la izquierda llega al poder, arruina el país, y eso con suerte. En el peor de los casos acaba arruinando la democracia. Si algo muestra la historia del siglo XX es que en el mejor de los casos la gran familia de la izquierda genera pobreza y corrupción, y en el peor, crímenes y deportaciones.En España empieza a ser normal que la derecha recoja un Estado arruinado, lo sanee y convierta el poder en algo neutral, aséptico y vacío de contenido. Culturalmente, evita hacer política, a diferencia de sus rivales izquierdistas. Estos, por el contrario, pueden arruinar al Estado, pero lo hacen llevando a cabo agresivas políticas de adoctrinamiento político y cultural. Es decir: cuando la izquierda pierde las elecciones, deja las arcas públicas en la ruina, pero deja también a la sociedad un poquito más hacia la izquierda de cómo la encontró. Y el proceso vuelve a ponerse en marcha con cada cambio de gobierno.

Lo ocurrido en los últimos años muestra lo peligroso de reducir la política a economía. En 1996, la derecha heredó un Estado arruinado económicamente. Gestionó y administró como sólo ella sabe hacerlo. Pero si arregló los estropicios económicos del PSOE, no hizo lo mismo con los destrozos culturales e ideológicos. Renunció a hacer cultura liberal-conservadora, a educar, a comunicar sus principios. Esto lo dejó intacto. Sólo tuvo que llegar Zapatero en 2004 para recuperar y profundizar la política cultural, moral y social que González dejó en 1996. Eso sí, con el dinero ahorrado y acumulado por el Partido Popular. Dinero a mansalva para que la izquierda lo derroche en políticas proabortistas, antinacionales y anticristianas.

La conclusión es que la derecha no puede esperar a que la izquierda arruine al país para aspirar al poder. Y tampoco puede gobernar sólo con criterios de eficacia económica. Lo que la izquierda sabe es que con la sociedad convenientemente pedagogizada, las penurias económicas parecen menos, no lo parecen o encuentran en Bush al enemigo. ¡No es la economía, estúpidos! Es la cultura, la moral, lo que hace perder o ganar elecciones. Por eso una sociedad ya en parte presa de los valores de la nueva izquierda -pacifismo, hedonismo, relativismo, hipersexualismo, estatalismo- se hizo el harakiri económico en marzo de 2008 votando a quien manifiestamente es incapaz de enfrentarse a la crisis económica.

Por eso, a la derecha sanear la economía no le debe ser suficiente. De nada valen a los intereses liberal-conservadores recoger una economía en ruina, sanearla y dejarla de nuevo en plenas condiciones para que la izquierda vuelva a adoctrinar con las arcas llenas.

Dos son las prioridades que debería tener el Partido Popular de ahora en adelante. En primer lugar, aceptar que la economía es sólo parte de la política. Puede ser la clave para acceder al poder en determinadas ocasiones, pero a efectos históricos, resulta suicida reducir el liberalismo a gestión económica y olvidar que determinados valores deben ser enseñados, publicitados y comunicados.

En relación a las ideas, la derecha debería enfrentarse, desde la oposición, sin miedo y sin remilgos, al izquierdismo moral y cultural, a sus supuestos históricos, antropológicos, filosóficos o éticos. Está bien sanear la economía; esta mejor demostrar a los ciudadanos que el proyecto propio, para España y Europa, es superior moral y políticamente al izquierdista. Lo que hace falta no es una derecha que ponga en orden la contabilidad de la izquierda cuando ésta se marcha del poder, sino una derecha que proponga una cultura y una moral no sólo alternativas, sino simétricas a las de la izquierda. La derecha no es superior a la izquierda por su tratamiento económico, sino que su tratamiento económico es consecuencia de ideas superiores.

En segundo lugar, no hay motivo para no enfrentarse abiertamente, no sólo a determinadas ideas, sino aquellos auténticos poderes fácticos que las sostienen y expanden. Es hora de enfrentarse a la potente maquinaria de difusión ideológica de la izquierda. No como ésta hace cuando llega al poder, mediante la purga, la persecución y el cierre de medios, sino con la ley en la mano y la igualdad de todos ante ella. Los aliados más poderosos de la derecha son la libertad de mercado y el respeto a la ley en el sector audiovisual. Acabar con el pesebrismo de la izquierda y tratar a todos por igual, sin miedo al qué dirán en El País o La Sexta es la asignatura que la derecha deberá aprobar en el futuro. Y es que la experiencia demuestra que, en igualdad de condiciones, la derecha tiene una vitalidad y un ímpetu superior a la izquierda.

Gran parte de la crisis que arrastra el Partido Popular proviene del hecho de que la derecha tiende a comportarse simplemente como la contable de la izquierda. Pues bien: un proyecto de futuro deberá superar esta visión reduccionista de la política. Porque esperar sentados a que el PSOE arruine España para sanearla y sin más proyecto que el económico será pan para hoy y mucha más hambre liberal-conservadora para mañana. Y este proyecto puede empezar perfectamente a construirse desde la oposición.