“Diversidad”: cómo nos venden la moto más cutre de todo el desguace

Por Eduardo Arroyo

Uno de los conceptos más defendidos hoy por la ideología dominante es el de “diversidad”. Sin apuntar una sola prueba, muchos suponen que “la diversidad nos enriquece”. Incluso algunos llegan a felicitarse de que nuestros países sean cada vez más “diversos”. A menudo se cita el ejemplo de los Estados Unidos, donde parece no importar el origen de los ciudadanos de aquél país. De aquí se sigue que, como los Estados Unidos es el modelo en el que se mira el mundo occidental en general, la prosperidad económica y la “diversidad” son compatibles. Luego se va más allá y se añade que la prosperidad es consecuencia de la “diversidad”. Pero ¿qué razones hay para entronizar este nuevo mito? En nuestra opinión se trata más bien de una imposición ideológica interesada, antes que de una conclusión deducida a partir de datos históricos. Desde los orígenes, y siguiendo con el ejemplo de Norteamérica, el eslogan e pluribus unum –de muchos, uno- hacía recaer la fuerza en la unidad, no en la diversidad. Patrick Henry, prócer de la Revolución Americana y célebre por su discurso Give me liberty or give me death (Dadme la libertad o dadme la muerte), afirmaba en aquellos turbulentos días: “La distinción entre los naturales de Virginia, Pensilvania, Nueva York o Nueva Inglaterra ha dejado de existir. No soy un virginiano sino un americano”. Esta afirmación, tan simple, implica que para los fundadores de aquél país la identidad nacional debía comprender las identidades locales para que la nación fuera viable. Advertencias como esta evidenciaban ya que los Estados Unidos eran y son un mal ejemplo para cantar las alabanzas de la “diversidad”. En 1789, los Estados Unidos eran en un 99% protestantes y siguieron siéndolo hasta 1845, en que llegaron los irlandeses. Durante la ola migratoria de 1890-1920, los inmigrantes eran en un 90% europeos y el resultado fue una sociedad que era asimismo europea en más de un 90%. Está nación ha desaparecido ya porque la pasada semana supimos que 10,3 millones de inmigrantes –casi todos del tercer mundo- han entrado en los Estados Unidos en los últimos siete años, más de la mitad de manera ilegal. El resultado es que las minorías han pasado a ser un tercio de la población del país cuando a principios del siglo XX eran un décimo. La pregunta es: ¿Son ahora más fuertes los Estados Unidos por ser más “diversos”? Cuando las minorías superen en porcentaje a la población angloamericana de origen protestante que construyó los Estados Unidos, la fuerza de este país no será sin duda el idioma, porque se hablarán otros tantos aparte del inglés y cada uno reclamará su derecho a la oficialidad. Tampoco lo será la religión, porque habrá musulmanes y cristianos no europeos, con las enormes diferencias de culto respecto de sus correligionarios europeos. Incluso dentro de los mismos cristianos, la “diversidad enriquecedora” ha conducido a notables diferencias de criterio en temas como el aborto, las uniones homosexuales, el suicidio asistido, la investigación con células madre, etc. Por supuesto, como sucede en otros países occidentales, los Estados Unidos son un país en guerra con su propia historia, en el que se cuestiona casi a diario los fundamentos nacionales, la historia del país y los héroes que la hicieron posible. Esta progresiva disgregación de criterios y opiniones hace que la unidad nacional deje de ser viable. Pero por supuesto, no son el único caso: en la antigua Unión Soviética y en el bloque del Este, la diversidad real –ninguneada por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial- se cobró su venganza de manera cruenta y hoy son 22 naciones diferentes. La diversidad lingüística amenaza con destruir Bélgica y en Asia ha fragmentado Pakistán y Bangla Desh respecto de la India lo mismo que ahora amenaza con hacer trizas Irak. Además, ¿es Alemania más fuerte por albergar en su seno a siete millones de turcos inasimilables? ¿Está más unida Francia por tener ocho millones de musulmanes que ni la sienten ni se ven reflejados en una historia que no es la suya? En suma, ¿podemos decir ahora que la “diversidad enriquece”? Examínese la historia de la postdescolonización, hágase balance global de todos los casos analizados y se comprobará que la “diversidad”, lejos de ser enriquecedora, es casi siempre un instrumento terrorífico de genocidio cultural y étnico, como lo fue para los indios de Norteamérica la llegada de la diversa emigración angloholandesa. Toda nación, para subsistir, necesita homogeneidad de creencias y de orígenes, pero el caso es que, en nombre de la “diversidad”, estamos asistiendo a la deconstrucción de Occidente sobre la base de la imposición de un mito ideológico. ¿Qué intereses oscuros hay en ello?

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