¿Es Rosa Díez la alternativa al PP o hay otra derecha posible?

Por Oscar Rivas en Minuto Digital.

Definitivamente es el nuestro un país paradójico. Resulta que el tradicional votante del PP está rebotado. Cierto es que no es la primera vez. Que ya antes se habían vivido situaciones tensas entre la derecha social y su referente político; momentos en los que aquella se sintió tan distanciada del PP que se vio tentada por la abstención. Pero nunca llegó la sangre al río. Esta vez, sin embargo, parece que la cosa va en serio; que una parte de la derecha social votará, pero no al PP. Lo hará- y he aquí la paradoja- por Rosa Díez. Indudablemente, al votante de derechas le sobran los motivos para no respaldar electoralmente al PP. Primeramente, porque el PP no es un partido de derechas. Ni lo es ni pretende serlo. No ya porque su cúpula dirigente repudie la etiqueta con la misma frecuencia y orgullo con los que proclama su centrismo. Sino porque sus convicciones -si es que las tienen- distan años luz de aquellos principios que sustancian el pensamiento conservador. La verdadera derecha, por ejemplo, es firme defensora del derecho a la vida. Así, nunca podría respaldar con su voto -como hicieron recientemente algunos eurodiputados del PP- el aborto y la eutanasia. La unidad de España es otra cuestión irrenunciable para cualquier derecha que se precie. Pero ¿qué opina el PP a este respecto? Depende de dónde y de cuándo. Denuesta la perfidia del nacionalismo excluyente que desgarra la nación, pero cuando se acercan las elecciones deja caer la posibilidad de pactos con sus versiones más extremistas ¿No fue Esperanza Aguirre quien abriera las puertas a un posible pacto con el BNG? Si hablamos de libertad de educación, tampoco sabemos a que atenernos: hay comunidades gobernadas por el PP donde la asignatura de Educación a la ciudadanía se hace exigible, y otras en las que, por el contrario, se promueve la objeción de conciencia. En materia lingüística, la cosa no es menos preocupante. En Cataluña y Galicia, a fin de ganar votos -que, por cierto, nunca gana- el PP ha terminado por consentir, e incluso respaldar, el gravísimo proceso de aniquilación al que es sometido el castellano; un atentado contra las libertades individuales más básicas, pero también contra la propia identidad de la nación española. Y ya que hablamos de identidad ¿qué decir de la pasividad con la que el PP asume el destrozo social ocasionado por la política inmigratoria más extremista de Europa? Sus perniciosas consecuencias ya se hacen visibles, pese a lo cual, desde las filas del PP no falta quien, rebasando las posiciones de la izquierda, propugna el derecho a voto del inmigrante. Y así podríamos continuar hasta la extenuación. La realidad es que el PP ha abandonado el discurso propio de una formación conservadora para entregarse con todo su equipaje a las ideas de la izquierda. Hasta ahora le había salido gratis. Acostumbrada a contar con la inquebrantable lealtad de una derecha social a la que no ha dejado de despreciar, el PP creyó ver en su voto un cheque en blanco; al punto de servirse de él para conculcar los valores que aquella representaba. Durante años esta actitud abusiva no encontró respuesta. Hasta hoy. Si tuviéramos que acogernos a un símil, se diría que la relación entre la derecha social y el PP se asemeja a la de aquellas parejas asimétricas en las que un cónyuge se entrega al otro sin obtener de éste otra respuesta que su desprecio. Transcurre el tiempo y el desprecio desemboca en los malos tratos, hasta culminar en el adulterio. El cónyuge enamorado aguanta resignado lo que lo que le permite su amor, hasta que un buen día una gota rebosa el vaso y termina por divorciarse. Algo parecido le ha sucedido a la derecha social con el PP. Hastiada del comportamiento adúltero del PP, la derecha social ha decidido poner punto y final a su relación.. Es una decisión comprensible. Cierto que debiera haberla tomado antes, cuando el adulterio y los malos tratos se hicieron insostenibles. Pero nunca es tarde si la dicha es buena. Lo que ocurre es que ha vuelto a equivocarse de pareja. Rosa Díez debe ser la natural y deseable alternativa para una izquierda que, ha tiempo perdió su vocación nacional pero ¿cómo podría erigirse en una alternativa para la derecha? Que ésta pueda siquiera pretenderlo equivaldría a suscribir su propio epitafio. Nadie puede negar que a la exdirigente del PSOE le sobra el coraje político que le falta al PP, pero no por ello deja de ser una política de izquierdas que, como tal, promueve propuestas y convicciones de izquierda. Defiende la unidad de España, cierto, pero también el aborto, la eutanasia, la inmersión lingüística, la educación para la ciudadanía y, en general, todas aquellos postulados que tradicionalmente fueron propios de la izquierda. Es natural que la derecha social se muestre desorientada. Tras muchos años de amor no correspondido, en los que el PP fue su único referente, llevada por su despecho cree haber encontrado en Rosa Díez el amor verdadero. Se equivoca. Quizá pueda servirle como improvisado pañuelo de lágrimas. Pero cuando se detenga a reflexionar se dará cuenta de que su relación con UPyD nunca pasará de ser un rollito de fin de semana, del cual solo se beneficia la izquierda. La derecha social debe dejar de engañarse. Debe tomar conciencia de que si anhela un proyecto de largo alcance este solo puede encontrarlo a través de una opción de largo alcance. Una opción que corresponda a su voto con la defensa integral de sus convicciones conservadoras, y lo haga sin complejos ni matices. Si el PP no da respuesta a sus preguntas, tiene sentido que busque nuevo horizontes para encontrarlas. Pero, no las hallará en la izquierda. España es uno de los pocos países europeos en los que la derecha conservadora no se halla representada. Quizá sea el momento de acabar con esta excepción. Basta con tener coraje y virar el timón a la derecha. Más allá del PP.

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