FELIZ E IDENTITARIA NAVIDAD

Diciembre 16, 2008


REIVINDICAR LA IDENTIDAD NO ES RACISMO

Diciembre 16, 2008

                                                                                                  

POR JUAN PABLO VITALI
Cuando el hombre europeo reclama su identidad, se habla de racismo, y cuando todos los demás reclaman su identidad, se habla de la justa reivindicación de derechos conculcados.

¿Por qué esta diferencia?, se pregunta con su exquisita prosa habitual Juan Pablo Vitali.
En el último párrafo da la verdadera respuesta.
 
 
 
“Solo en los ciclos vitales de las culturas particulares, hay una significación profunda.
Las culturas son primero, luego vienen las relaciones. El pensamiento moderno juzga, empero, lo contario.”
Oswald Spengler
 
 
No poseemos ni siquiera el mero fundamento de una cultura, porque no estamos convencidos aún de estar provistos de una vida verdadera en nuestro interior.
 
Friedrich Nietzsche
 
Para mantener una identidad, debe existir el predominio de una cultura históricamente consolidada.
La identidad, es un patrimonio complejo, que recibe influencias y sufre transformaciones provenientes del exterior, o que son inducidas desde su interior, pero permanece fiel al acervo recibido, mientras la comunidad se mire en él, como en un espejo de conocimiento de sí misma.
La aceptación de influencias, está siempre sujeta a una discriminación, a la previa distinción de lo que se considera positivo, y de aquello que se considera negativo.
 
Hay que tener una identidad, para saber qué es compatible con nuestra personalidad, con nuestros valores y los de nuestra comunidad.
No discernir afinidades es no tener cultura.
Sólo cuando una cultura ha llegado a su final Lo igual e indeterminado puede avanzar destruyendo identidades que se forjaron por milenios.
Porque los hombres de una cultura en su etapa final ya no saben qué enriquece y qué destruye, qué fortalece y qué debilita, qué es compatible y qué no lo es. Prefieren no hacer ese esfuerzo, porque han llegado al final de su impulso vital. Cuando el núcleo profundo de una identidad ha dejado de funcionar, ya no hay discernimiento, sino sólo aceptación de lo ajeno.
 
Esa aceptación indiscriminada de lo ajeno, es la base de la ideología dominante.
El estado de anemia y de debilidad cultural también es propio de esa ideología, pero sólo para imponerlo a las grandes culturas, a las que han tenido o pueden tener todavía pretensiones trascendentes. En cambio, se protegen las identidades si son primitivas, o si resultan de ayuda para señalar a las culturas elevadas como opresión retrógrada, oscurantista o racial.
 
Así se dirige la “geopolítica cultural” del mundo. Es una dialéctica simple, que sólo puede utilizarse cuando se ha vaciado a los hombres de criterio y sobre todo –como en la novela de Orwell– cuando se está en posición de cambiar el pasado con total impunidad.
Este proceso afecta profundamente a la cultura europea, porque está dirigido principalmente contra ella, como cumbre de un milenario proceso cultural, producido por un tipo de hombre, comúnmente llamado indoeuropeo.
Esa identidad cultural –la nuestra– ya muy debilitada en la misma Europa, está presente también en toda América, Australia, y aún en África y en Asia, y es la única que podría oponerse, de conservar su fuerza vital y volviendo a sus raíces, a la ideología de la indiferenciación global, porque es la única que ha dado al hombre, en tanto persona, la altura adecuada para enfrentarla.
 
Por eso, cuando el hombre europeo reclama su identidad, se habla de racismo, y cuando todos los demás reclaman su identidad, se habla de la justa reivindicación de derechos conculcados.
 
No cabe duda, la indiferenciación de lo culturalmente superior es uno de los requisitos previos e indispensables para la dominación.
 

El racismo de los “antirracistas”

Diciembre 14, 2008

                                                                                     

JAVIER RUIZ PORTELLA

La cosa está en Francia que arde. Eric Zemmour, famoso periodista, célebre por sus polémicas en contra del espíritu (¿?) “políticamente correcto”, autor, entre otros, de un libro en el que con fino humor ironiza sobre el feminismo y sus despropósitos (traducido en España por Áltera con el título de “Perdón, soy hombre”), se atrevió el pasado 23 de noviembre a afirmar que él pertenecía a la raza blanca y que una señorita del Senegal, de hermosa piel azabache, sentada frente a él en el plató de televisión, pertenecía a la raza negra. ¡La que se armó!

Sucedió en el programa “París/Berlín” de la cadena Arte. En un momento dado, Zemmour explicó: “Tengo la impresión de que la sacralización de las razas del periodo nazi se ha visto sustituida por la negación de las razas. Y, a mi juicio, es tan ridículo lo uno como lo otro. Significa pensar que las razas no existen. Y de sobra se ve que sí existen.”
Ante lo cual, Rokhaya Diallo, la senegalesa, una activista de una asociación “antirracista”, le espetó: “¿Y cómo se ve? No comprendo lo que usted ve”.
“Pues, hombre —le contestó Zemmour—, se ve por el color de la piel. Así de sencillo.”
¡Horror para la francesa de padres senegaleses!:
“Entonces, para usted, el color de la piel hace que yo pertenezca a una raza distinta de la suya, ¿no?”
Convencido de que le habían preguntado si, a su juicio, dos más dos son cuatro, o si el hielo es más frío que el fuego, el pobre Zemmour, cavando su propia tumba, contestó: “Evidentemente. Yo pertenezco a la raza blanca, y usted pertenece a la raza negra”.
¡Vade retro Satanás! Horror de horrores. ¡Volvió Hitler por boca de este hombre…, que además es judío! “La red de amistades de que dispone Zemmour, ¿permitirá que escape a su castigo un tipo que en pleno 2008 considera que hay ‘razas’ fácilmente reconocibles por el color de la piel?”, se pregunta muy en serio Bruno Roger-Petit, cronista de la cadena de televisión Europe 1.
Y la jauría de lobos sigue aullando. El MRAP (Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos) proclama: “Con sus declaraciones intolerables, Zemmour justifica y participa peligrosamente en la rehabilitación de los defensores de las razas humanas, así como en banalizar de hecho la ideología ‘racisante’ (sic)”.
Sigamos, que aún hay más. Telerama, una difundidísima y popular revista sobre programas de la tele, apostrofa a Eric Zemmour con estas palabras: “Cuando afirma que ‘las razas existen, por supuesto’, así como ‘la jerarquía de las culturas’, usted sabe perfectamente que está dando lustre, en la memoria subliminal nacional (sic), a la alfombra parda de un pensamiento racista amordazado desde hace cincuenta años”.
Siendo así las cosas, se impone manifiestamente perseguir al malhechor. “No se puede tolerar —declara el presidente de la Asociación Internacional de Sociología— que se pronuncien en el espacio público, y menos aún en una prestigiosa cadena de televisión, palabras como las de Eric Zemmour.” Por ello, el representante del CRAN, Consejo Representativo de las Asociaciones Negras (al menos éstos aún dicen “negras”, no “subsaharianas”) exige “una sanción inmediata por estas palabras racistas; y si no se da tal sanción, interpondrá querella ante los tribunales”.
Una querella contra Zemmour por «haberse permitido defender la existencia de varias razas dentro de la especie humana, distinguiendo especialmente una “raza negra” y una “raza blanca”», según declara el presidente de SOS Racisme, que no podía evidentemente faltar.
Uno se queda sin palabras. Todo esto sería un asunto propio de hospital psiquiátrico, todo esto sería incluso para desternillarse de la risa si, debajo tanta estupidez, no latiera el más conspicuo de los racismos. El único hoy promovido: el racismo contra la raza blanca, culpable de todos los crímenes.
¿O no gritaría, acaso, el Consejo Representativo de las Asociaciones Negras si se creara, por ejemplo, un Consejo Representativo de las Asociaciones Blancas? ¿No vería tal vez en ello la peor provocación racista?
Da igual que ni Zemmour ni nadie efectúe el menor juicio de valor sobre las diferencias entre razas. Basta mencionar el hecho objetivo, tan irrebatible como que de noche hay oscuridad. La mera mención de la raza les saca de sus casillas. Ninguna raza, ninguna diferencia, ninguna identidad étnica, racial o cultural  existe para ellos. Y, sin embargo, las razas orientan todos sus sentimientos, toda su razón de existir, todas sus manías, todas sus obsesiones, todos sus fantasmas…
Todo el desprecio de sí mismos (por lo que a los blancos se refiere), todo su profundo “etnomasoquismo”, como diría Guillaume Faye.
Toda su incapacidad de hacer suyas, por ejemplo, estas palabras del general De Gaulle: “Está muy bien que haya franceses amarillos, franceses negros, franceses morenos. Muestran que Francia está abierta a todas las razas y tiene una vocación internacional. Pero a condición de que sigan siendo una pequeña minoría. Si no, Francia dejaría de ser Francia. Somos ante todo, no se olvide, un pueblo europeo, de raza blanca, de cultura griega y latina y de religión cristiana”.

El voto inmigrante: un suicidio cultural

Diciembre 7, 2008
 Por  Josep Carles Laínez
 
Con el aborto, se procede a amputar la posibilidad de reproducción de Europa; con la eutanasia, se secciona el hecho natural de la vida y el ejemplo que puede dar a otros el sufrimiento con dignidad; con la laicidad, se elimina la visibilidad de nuestra religión, historia y tradición para equipararlas a cualquier majanada del último recién llegado… ¿Qué falta? Sin relevo generacional, sin tercera edad y sin valores propios, a ZP sólo le resta la sustitución del pueblo por una sociedad multicultural sin cohesión, sin raíces, ajena a Europa, y que, en determinados sectores, sólo quiere nuestro exterminio (¿qué otra cosa desean las células terroristas paquistaníes desmanteladas en Barcelona que se hacían pasar por humildes tenderos de alimentos?).
 
Con la promesa del voto inmigrante, el PSOE ha dado rienda suelta a la locura. Tal medida es mostrar un desprecio absoluto por España. Que le explique ahora ZP al nacionalista catalán o vasco cuál es la importancia de ser español. Si lo entendían poco, ya no van a entenderlo nada. De paso, que nos lo explique también a nosotros, porque si alguien que no habla nuestra(s) lengua(s), ni sabe de nuestra idiosincrasia, ni tiene pajorera idea de nuestras fiestas, ni jamás ha mantenido una conversación de más de diez minutos con un europeo, ni goza de ascendientes españoles, ni sabe localizar ciudades en el mapa, ni siente apego por nuestra cultura, puede decidir quiénes son nuestros alcaldes, ¿dónde queda nuestra fidelidad a España?, ¿dónde queda el hecho milenario de sentirse heredero de Hispania? Si además va a tener pasaporte en menos de diez años (o, como mucho, en diez años), y sus hijos, por jugarretas legales, van a ser españoles, ¿de qué me sirve mi nacionalidad?, ¿cuál es mi privilegio de ser español?
 
El PSOE supone que, una vez concedido el voto a los extranjeros, éstos votarán masivamente a los socialistas y, así, cambiarán los gobiernos de los lugares donde aún manda el PP. No han barajado que en algunas localidades, si los extranjeros se coaligan, pueden llegar a ser la máxima fuerza y, por tanto, con capacidad para suprimir la festividad al patrón o patrona del pueblo, cooficializar lenguas alógenas a nivel municipal, prohibir la venta de algunos productos … y muchas otras cosas que hacen temblar ante la falta de visión de los socialistas. A ZP sólo le mueve mantenerse en el poder y un odio furibundo a todo lo franquista (en su franja cerebral esto quiere decir España, el cristianismo, y españoles orgullosos de serlo).
 
El voto al extranjero es una cesión innecesaria que no pide ninguna masa social, porque el extranjero es extranjero aquí, pero no en su patria, donde ya se le permite votar. Y que no me salgan con el cuento de lo recíproco (los españoles también podrán votar en la elecciones municipales de los países con los que se firme convenio), porque ¿cuántos españoles viven en Marruecos, en Ecuador, en Bolivia, en Argelia…? La reciprocidad se pacta cuando se saca algún beneficio tangible, ¿qué beneficio hay en la concesión del voto al ajeno en Europa? ¿Hay interés general o sólo es partidista?
 
Duele, sin embargo, que una vez puesto en marcha ese suicidio cultural, a la derecha (con Ruiz-Gallardón a la proa) sólo le quepa sumarse a la idea. Lo otro sería condenarse a la exclusión. Con el voto del inmigrante, Europa da una palada más en su tumba. Sólo cabe esperar que, desde el sosiego, a quienes son religiosos y amantes de la vida tradicional, no se les pase por la cabeza dar el voto a un partido entre cuyos logros se encuentran la destrucción de la familia, la cultura de la muerte y el odio a las manifestaciones religiosas de su pueblo. Ningún buen cristiano ni ningún buen musulmán debería refrendar esa apuesta de destrucción del orden de las cosas, de los fundamentos de toda sociedad que se precie, de lo que no es moda, sino esencia.

Montse, víctima del aborto: “nadie me ayudó: lo importante eran los 60 euros”

Noviembre 19, 2008

                                                                                                                                                                   Montserrat abortó en el centro Les Corts de Barcelona el pasado octubre. Ahora sufre un profundo síndrome post-aborto. Vio “los bracitos y las piernecitas” de su hijo en el mismo centro de abortos. No dejó de llorar, no quería abortar. Como todo consuelo la enfermera le dijo que “no te preocupes: en 15 días puedes volver a quedar embarazada”.

ALBA, por Luis Losada Pescador.-  “Los centros de abortos se lucran con el sufrimiento de las mujeres”. Este es el resumen de Montserrat, nombre ficticio de una mujer catalana que el pasado mes de octubre abortó en el centro Les Corts. Montserrat ya es madre de dos hijos y sufre apreturas económicas. Se quedó embarazada del tercero y su pareja no quiso saber nada. “Yo estaba atemorizada porque el padre de mi segundo hijo también desapareció y no quería volver a sufrir lo mismo”.

Así que acudió a Salud y Familia de la Generalitat de Cataluña pidiendo apoyo. “Me dijeron que en mi caso lo que tenía que hacer era abortar; no me dieron otra alternativa”. La administración catalana le dio los cheques verdes con los que se abonan los abortos concertados. “Sólo tuve que pagar 60 euros; fue toda la ayuda que me ofrecieron”.

Escogió el centro Les Corts “porque era el que más garantías me ofrecía”. Montserrat había oído hablar de las irregularidades de los centros de Morín y optó por otro diferente. “Solo me llamaron para recordarme que llevara los cheques verdes“. Acudió con los tristemente famosos cheques. “Entré llorando, yo no quería abortar”. Por supuesto, nadie se preocupó de su llanto. Lo importante eran los cheques verdes y los 60 euros.

¿Cómo fue? “Primero me hicieron la ecografía para confirmar el embarazo y el tiempo de gestación”. La pantalla del ecógrafo no estaba girada -como suele- y Montserrat lo vio todo. “Estaba ahí mi hijo; se le veía perfectamente los bracitos y las piernecitas”. Además, le informaron de que estaba de siete semanas. “No es cierto; yo estaba de ocho semanas; una semana antes yo había estado con mi ginecólogo y me había dicho que estaba de siete semanas, había escuchado su corazón…”. Montserrat se pone a llorar durante la entrevista.

A Montse le dijeron que no se preocupara, que era un conjunto de células. “Pero yo sabía que no es así, que era mi hijo; lo había visto en la ecografía”. Así que siguió llorando. La pasaron entonces a la psicóloga. Montse le contó que estaba muy mal, que no sabía qué hacer, que estaba en tratamiento psiquiátrico, que había tenido dos intentos de suicidio. “La psicóloga me dijo que lo mejor en mi caso era abortar”. Le dio un tranquilizante de acción inmediata. Pero Montse seguía llorando. En el fondo no quería abortar. Pero la presión era mucha. Su pareja le había abandonado.

Pidió entonces ver a su amiga y hermana que le aguardaban en la sala de espera. “Mi hermana me vio y me dijo: ‘Montse, vámonos’”. En el centro no le dejaron marcharse. La pasaron al quirófano. Ella seguía llorando. Pero al personal ‘sanitario’ le siguió dando igual. Ella sabía que estaba acabando con la vida de su hijo, que lo que estaba haciendo “no estaba bien”. Pero les dio igual.

“Noté un pinchazo por abajo”. Eso fue todo. En el cuerpo. Porque el alma quedó tocada. “Estaba angustiada, no quería seguir ahí, sabía que me había dejado a mi hijo ahí”. Así que se marchó sin la preceptiva recuperación. “Apenas estuve una hora en total; me podía haber desangrado, pero les dio igual”. Montse abandonó el centro llorando. Por todo consuelo una enfermera le dijo: “No te preocupes, en quince días podrás volverte a quedar embarazada”.

La angustia de Montse era total. No quería estar en el centro, pero tampoco quería regresar a casa. Se le había hundido el suelo. No sabía dónde ir ni qué hacer. Regresó a casa en metro, sangrando. Desde entonces, llora todos los días por el hijo que no fue. El aborto no ha solucionado su problema social. “Habríamos tirado para adelante como fuera”. Tampoco el psiquiátrico. “Lloro todas las noches y todos los días; tengo miedo porque tengo dos antecedentes de suicidio; estoy fatal”, señala entre sollozos. Padece un claro síndrome postaborto. “Me castigo a mi misma: me pongo a ver videos de abortos en internet”.

Montse sobrevive ahora gracias al apoyo social y psicológico de la Asociación de Víctimas del Aborto. Ahora debe integrar el duelo por la pérdida de su hijo. Tiene que aprender a vivir con el dolor de esa pérdida sin que esa falta le invalide para una vida normal. Y sobre todo, debe aprender a perdonarse. “Yo no voy a la Iglesia, pero el otro día hablé con un cura porque necesitaba hablar con alguien”. ¿Qué le dijo? “Que él me ha perdonado y que Dios me ha perdonado”. Ahora sólo le queda perdonarse a si misma. “Yo no me puedo perdonar; he dejado que mataran a mi hijo”.

Ninguna mujer quiere abortar

Es el desgarrador testimonio de una víctima del aborto. Por supuesto, no es la única. Ni tampoco un caso aislado. “Ninguna mujer quiere abortar”, reiteran desde la Asociación de Víctimas del Aborto. Y es que según los estudios de AVA -corroborados por el ministerio de Sanidad- el 87% de los abortos provocados se explican por la presión o abandono de la pareja. En los casos adolescentes, existe presión por parte de la familia y en los casos de mujeres trabajadoras, ‘mobbing maternal’: discriminación laboral de la embarazada por el hecho de estar embarazada. Conclusión: no es verdad que la práctica del aborto sea libre.

En cambio, la única certeza es que los centros de abortos parecen más preocupados por la cuenta de resultados que por la salud de las mujeres. El caso de Montse es de libro: sus lágrimas evidenciaban la ausencia de voluntad; su abandono sin tratamiento, la despreocupación de los centros de abortos por su salud. El cinismo se hace patente cuando por una parte le dicen que se trata sólo de unas células y por otra le tratan de tranquilizar diciéndole que “no se preocupe” porque en 15 días podrá volver a quedar embarazada. Es la dura realidad del aborto en España. Ese que se quiere ampliar todavía más. ¿Qué les dirías a los diputados que trabajan en la subcomisión para reformar la Ley del Aborto? “Por favor, que no lo legalicen; no saben el sufrimiento de las mujeres que está detrás; los centros de abortos sólo quieren lucrarse con el sufrimiento de las mujeres”.


LOS AMOS DEL MUNDO

Noviembre 17, 2008

                                                                                                                                                                  Artículo del escritor Arturo Pérez-Reverte publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, es decir, hace exactamente 10 años, en el que “vaticina” el derrumbe del sistema financiero mundial y alertaba con su particular estilo literario, del peligro del neoliberalismo especulativo y depredador.


Arturo Pérez-Reverte

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.
Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.

Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.


COMUNIDAD NACIONAL

Noviembre 13, 2008

Por José Javier Esparza

Guevara, michelín del nacionalismo vasco, abandonó la casa del padre y se cobijó en techo socialista. Recién llegado, adornó su habitación con un banderín donde, sobre los colores del Athletic, se leía: “Comunidad nacional”. Y ha sido el escándalo del vecindario, a izquierda y derecha, porque es de mal tono hablar de “comunidad nacional” en la casa de los “demócratas de verdad”. Dicen que “no es terminología democrática”. Será ahora, porque la historia de las democracias modernas está abarrotada de “comunidades nacionales”. No es, como se ha dicho, “léxico fascista”; es puro romanticismo alemán, que es distinta cosa. Digamos la verdad: el banderín de Guevara ha molestado porque pone el dedo en nuestra llaga más dolorosa, a saber, que ya nadie está seguro de que sigamos siendo una “nación” pero vascos y catalanes cada vez lo parecen más.

Una nación no es un fenómeno de la naturaleza: es una construcción humana. Primero hay un pueblo unido por tales o cuales rasgos. Después hay una voluntad más o menos común para que ese pueblo cobre forma política. La nación surge ahí: es un grupo humano que toma conciencia política. El pueblo no es un concepto político; la nación, sí. Ninguna nación aparece si antes no ha habido un proceso de politización. Del mismo modo, las naciones desaparecen cuando dejan de tener conciencia política de sí. El País Vasco nunca había sido una comunidad nacional (léase a Laínz), pero hoy está cerca de conseguirlo: veinticinco años de hegemonía nacionalista no han aspirado a otra cosa. Madrid ha coadyuvado tenazmente a la obra al permitir esa hegemonía y apuntalarla cuando flojeaba. Sólo hay un obstáculo para que el País Vasco sea una “comunidad nacional”: que todavía hay dos comunidades, la vascoespañola y la nacionalista vasca. Es un obstáculo que ya casi no existe en Cataluña: el nacionalismo catalán, con un periodo semejante de hegemonía, ha cumplido el objetivo con la misma aquiescencia de Madrid y sin oposición relevante. ¿Ahora nos escandalizamos? Almas de cántaro

Lo que debería escandalizarnos es más bien esto otro: España, que sí podía ser comunidad nacional, ha dejado de serlo. Y simétricamente: no han aspirado a otra cosa veinticinco años de metódica destrucción de la conciencia nacional de los españoles. En nombre del consenso, de la Constitución, de las autonomías y de Europa, el campo del sentimiento (porque no se trata de otra cosa) nacional de los españoles se ha reducido a la selección de fútbol y a los festivales de Eurovisión. El leve repunte de patriotismo auspiciado por Aznar entre 2001 y 2003 no ha pasado de ser una batalla de las Ardenas. Batalla que, como es sabido, se perdió. Por falta de combustible.


Cuatro verdades necesarias sobre el problema de la inmigración

Noviembre 8, 2008

Por Jose Javier Esparza.  

Un espectáculo trágico: los cayucos. Un espectáculo sórdido: la demagogia irresponsable del Gobierno. Fuentes policiales insisten en que España es el paraíso de las mafias de tráfico humano. Ya nadie discute seriamente la relación entre inmigración y delincuencia. Pero los políticos se aprestan a sacar tajada ampliando el derecho de voto a los recién llegados. Quien sufrirá las consecuencias será el ciudadano de a pie. ¿Nos dejarán decir cuatro verdades?

Una: la inmigración no es “algo bueno”. Es un fenómeno globalmente negativo. Es negativo para quienes tienen que abandonar forzosamente sus hogares y es negativo para unas sociedades incapaces de acoger a tanta gente en tan poco tiempo. Las consecuencias de la inmigración no son buenas en el plano social, ni en el cultural, ni en el político, ni tampoco lo son, a largo plazo, en el plano económico. La situación ideal: que nadie tuviera que verse obligado a dejar su tierra y que los flujos humanos pudieran ordenarse conforme a la ley para general beneficio. Pero es obvio que no estamos –ni estaremos- en la situación ideal.

Dos: Sólo desde dos puntos de vista puede juzgarse “buena” la inmigración. Una, la perspectiva de quienes, por razones ideológicas, estiman que las identidades históricas europeas deben disolverse en un escenario de mestizaje cosmopolita; es una posición muy extendida en la izquierda. La otra, la de quienes sostienen, por razones económicas, que una entrada masiva de mano de obra barata es vital para el funcionamiento de la economía; es una posición muy extendida en la derecha. Así la derecha capitalista intenta legitimarse con el dogma de la izquierda cosmopolita, y ésta, a su vez, echa combustible (humano) en el mercado. Pero ambas posiciones encierran un error: la disolución de las identidades sociales, nacionales y culturales nunca, en ningún lugar, ha creado “cosmópolis mestizas”, sino que sólo han provocado una exacerbación violenta de las propias identidades; respecto a la entrada masiva de mano de obra barata, es verdad que inicialmente aumenta la riqueza del tejido productivo, pero inmediatamente se traduce en una exigencia de nuevos servicios sociales que puede llevar al colapso del sistema, como podrá intuir cualquier español que acuda a los servicios públicos. La ganancia en ningún caso compensa las pérdidas.

Tres: La “integración” no tiene por qué ser un horizonte deseable. De entrada, es un término ambiguo. No es lo mismo una integración orientada al cumplimiento de las leyes, con cesión de derechos sociales y económicos a cambio del ejercicio de un trabajo, que una integración interpretada como absorción de la población alógena, de tal modo que ésta deja de ser lo que es para adquirir una identidad nueva y ficticia. El primer modelo es transitorio, el segundo aspira a ser permanente. Parece que en España aspiramos a la integración permanente. Pero nadie tiene derecho a exigir a un musulmán o a un senegalés que dejen de ser lo que son para convertirse en “españoles”. La experiencia francesa demuestra que, aunque la integración haya funcionado en una primera generación de inmigrantes, la vieja identidad siempre pugna por aflorar en cuanto las cosas se tuercen, y entonces lo hace de manera hostil e histérica, como corresponde a cualquier estado de sumisión.

Cuatro: Hay que detener la inmigración, pero eso no significa inhibirse en la resolución del problema. No podemos escurrir el bulto. Los europeos tenemos que asumir el fenómeno de la inmigración. Ante todo, debemos reconocer que tenemos un deber para con el mundo pobre. Tenemos ese deber, primero, por una cuestión de justicia: no es justo que nosotros tiremos lo que nos sobra y que ellos no puedan conseguir lo que les falta. Y tenemos ese deber, además, por una cuestión de historia: como viejas potencias coloniales, creadoras de naciones, debemos resolver un problema que no nos es ajeno. Eso implica intensificar y multiplicar los mecanismos de cooperación, pero también apretar el control sobre cómo se administra esa ayuda en los países beneficiarios. El imperativo de globalizar la riqueza no será más que un chiste tétrico si al mismo tiempo no se globaliza la justicia social. Esta última tarea debe ser exigida a los gobiernos de los países de origen; pero si no son capaces de satisfacerla, habrá que imponerles la obligación de hacerlo, como se les ha impuesto la sumisión a las reglas del mercado mundial. Alguien, algún día, debería decir algo así en la Unión Europea.


Repercusiones de la crisis. Populismo.

Noviembre 4, 2008

JOSÉ MARÍA MARCOHace muy pocos días me preguntaron si yo pensaba que había posibilidad de lanzar un nuevo partido político. Respondí que no, pensando que tal vez sí. Me explico.

El “no” procedió de la sospecha de que se me estaba invitando a participar en la aventura. Sospecha injustificada, dado mi interlocutor, pero irreprimible desde mi breve, y ya antiguo intento de paso por la política. El sí con reparos procede de la observación de la realidad española. A los dos grandes partidos se han sumado otros dos, Ciudadanos y UPyD. Parecen bastantes, y probablemente lo son. Pero tal vez hubiera espacio para uno nuevo que planteara con claridad ante la opinión pública algunos de los asuntos que cada vez más la mueven… y la indignan: el nauseabundo derroche de dinero público practicado en todas las administraciones; el aumento de impuestos y la falta de voluntad de reformar y flexibilizar la economía, que castiga a los autónomos, a los emprendedores, a la gente con ganas de trabajar; la consolidación de una casta política ajena o contraria a los mínimos principios democráticos; la falta de independencia del poder judicial y la farsa en que se ha convertido el legislativo; la asfixia provocada por lo políticamente correcto y el designio totalitario de las minorías; la inmigración y sus consecuencias… Todo eso sin contar con la cuestión nacional.

Como estamos abocados a una crisis económica de larga duración, si no a una recesión a la japonesa, es probable que todos estos problemas se vayan agudizando con el paso del tiempo. Si es así, cada vez resultará más verosímil la aparición de un partido político que vea en ese descontento una oportunidad. Siguiendo las costumbres de los bienpensantes, sería calificado automáticamente de extrema derecha. No tendría por qué serlo, como no lo han sido otros partidos aparecidos con motivos similares en algunos países europeos. Les ha caracterizado algo que no gusta a las elites pero que está en la base de buena parte de los movimientos de renovación democrática: el populismo, que se proclama ajeno a las clasificaciones políticas tradicionales en izquierda y derecha y hace de la anti política un motivo de movilización. Ahora que la política, con mayúscula, vuelve por sus fueros, como andan proclamando los socialistas y su correligionario Sarkozy, el populismo tiene mucho más campo que antes. Bien es verdad que en ocasiones el populismo sólo sirve para suscitar una reacción del establishment, como ocurrió con Le Pen cuando contribuyó a apuntalar la mayoría inmovilista de Chirac en 2002.
El populismo, por otra parte, no es monopolio de un futuro partido político ahora inexistente. La crisis financiera ha puesto en manos de los Gobiernos occidentales cantidades ingentes de dinero que probablemente van a ser utilizadas con escasa transparencia y en detrimento del control democrático y de los mecanismos de toma de decisiones respetuosos con la opinión pública. Al gigantismo del Estado moderno, no del todo corregido tras la caída del Muro de Berlín, se suma este nuevo poder, que dejará rastro. Ha sido jaleado desde la izquierda en nombre de una retórica anticapitalista, pero en buena medida –y así se ha comprobado en los apoyos recibidos– se ha presentado como una necesidad, algo que estaba más allá de las posiciones políticas y por supuesto de las ideologías. La coartada postideológica no es propia del populismo, pero abre la puerta a la tentación de apelar al votante sin molestarse en pasar por los elementos que conforman la racionalidad política. Barack Obama, excelente representante de la actitud postideológica que arrasa en el electorado norteamericano, encarna bien un populismo que explota la frustración y la sensación de derrota de la opinión pública del otro lado del Atlántico. Claro que allí la larga tradición democrática neutraliza, en parte, los posibles riesgos.
Un país como España está particularmente mal preparado para hacer frente a una nueva ola intervencionista que puede desembocar en síndrome agudo de populismo en cualquier momento. La escasa conciencia de participar en una comunidad nacional, la falta de tradición democrática y la nula capacidad de la opinión pública española para relacionar libertad con prosperidad convierten a nuestro país en un campo ideal para experimentar con un populismo particular, disfrazado de respeto al sistema e incluso de moderación. Tal vez sea necesario algo del primero para poner coto a este segundo.
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Entre pedir el voto inmigrante y ejercer la responsabilidad política

Noviembre 2, 2008

Por Jose Javier Esparza

En las últimas semanas se ha disparado la búsqueda del voto inmigrante. Comunistas y socialistas han aprobado en el Congreso que los inmigrantes con cinco años de residencia legal en España puedan votar en las elecciones municipales. Pocos días después, la presidenta de la Comunidad de Madrid anunciaba medidas en la misma dirección. Como es norma en España, donde el debate público tiene siempre un aire como de vieja radionovela, estas noticias avanzan envueltas en nubes de moralina sentimental. Sin embargo, el Parlamento Europeo rechazaba el pasado enero una medida como la que se acaba de aprobar en España.

¿Es xenófobo y racista el Parlamento Europeo? ¿Odia a los inmigrantes? No. Sencillamente, conoce el sentido de los derechos políticos. El derecho al voto no es un derecho socioeconómico, una prestación que uno perciba a cambio de una contribución. Trabajar, cotizar a la seguridad social y pagar impuestos no da derecho a votar. La actividad económica da derecho a beneficios de tipo social: asistencia sanitaria, cobertura de desempleo, educación pública, etc., y es justo que así sea. Pero el voto, que es el derecho político por excelencia, posee otro origen –un origen, precisamente, político. Uno vota en tanto que forma parte de una polis, de una comunidad política. ¿Quién forma parte de la polis? Hay distintos instrumentos materiales para discernirlo: el nacimiento, la residencia, etc. Todos esos instrumentos, sin embargo, no descansan sobre sí mismos, sino que poseen una dimensión inmaterial: se pertenece a una comunidad política también por linaje, por ascendencia, porque la comunidad política no es algo que se constituya en un momento dado y para ese momento –por ejemplo, para votar-, sino que la comunidad es también un pasado común, una herencia compartida, una trayectoria histórica, que comprometen a la persona con el futuro colectivo. Los derechos políticos se ejercen de manera individual en el presente, pero su escenario es una comunidad en el plano de la historia. Un inmigrante puede formar parte de la comunidad política, por supuesto; pero no por el mero hecho de residir cinco años.

Hoy no está bien visto recordar estas cosas, porque vivimos bajo la superstición de un individualismo sin comunidad y de un futuro sin pasado, pero lo político es inseparable de lo comunitario y de la historia, y son esas magnitudes las que determinan quién forma parte de la polis –y quién no. Por eso ningún país reconoce el derecho al voto a los recién llegados, y por eso el Parlamento Europeo rechaza lo que en España se aprueba. Las razones son de peso: primero, no es justo otorgar capacidad de decisión sobre el bien común a quien, mañana, puede dejar de pertenecer a la comunidad; además, se corre el riesgo de crear reductos de voto con identidad política propia en segmentos sociales ajenos o incluso contrarios al interés común.

En el mundo se habla ya del “mal español”: un frívolo panfilismo que desemboca en flagrante irresponsabilidad.