REIVINDICAR LA IDENTIDAD NO ES RACISMO
Diciembre 16, 2008
POR JUAN PABLO VITALI
Cuando el hombre europeo reclama su identidad, se habla de racismo, y cuando todos los demás reclaman su identidad, se habla de la justa reivindicación de derechos conculcados.
El racismo de los “antirracistas”
Diciembre 14, 2008
JAVIER RUIZ PORTELLA
La cosa está en Francia que arde. Eric Zemmour, famoso periodista, célebre por sus polémicas en contra del espíritu (¿?) “políticamente correcto”, autor, entre otros, de un libro en el que con fino humor ironiza sobre el feminismo y sus despropósitos (traducido en España por Áltera con el título de “Perdón, soy hombre”), se atrevió el pasado 23 de noviembre a afirmar que él pertenecía a la raza blanca y que una señorita del Senegal, de hermosa piel azabache, sentada frente a él en el plató de televisión, pertenecía a la raza negra. ¡La que se armó!
“Entonces, para usted, el color de la piel hace que yo pertenezca a una raza distinta de la suya, ¿no?”
El voto inmigrante: un suicidio cultural
Diciembre 7, 2008
Por Josep Carles LaínezMontse, víctima del aborto: “nadie me ayudó: lo importante eran los 60 euros”
Noviembre 19, 2008
Montserrat abortó en el centro Les Corts de Barcelona el pasado octubre. Ahora sufre un profundo síndrome post-aborto. Vio “los bracitos y las piernecitas” de su hijo en el mismo centro de abortos. No dejó de llorar, no quería abortar. Como todo consuelo la enfermera le dijo que “no te preocupes: en 15 días puedes volver a quedar embarazada”.
ALBA, por Luis Losada Pescador.- “Los centros de abortos se lucran con el sufrimiento de las mujeres”. Este es el resumen de Montserrat, nombre ficticio de una mujer catalana que el pasado mes de octubre abortó en el centro Les Corts. Montserrat ya es madre de dos hijos y sufre apreturas económicas. Se quedó embarazada del tercero y su pareja no quiso saber nada. “Yo estaba atemorizada porque el padre de mi segundo hijo también desapareció y no quería volver a sufrir lo mismo”.
Así que acudió a Salud y Familia de la Generalitat de Cataluña pidiendo apoyo. “Me dijeron que en mi caso lo que tenía que hacer era abortar; no me dieron otra alternativa”. La administración catalana le dio los cheques verdes con los que se abonan los abortos concertados. “Sólo tuve que pagar 60 euros; fue toda la ayuda que me ofrecieron”.
Escogió el centro Les Corts “porque era el que más garantías me ofrecía”. Montserrat había oído hablar de las irregularidades de los centros de Morín y optó por otro diferente. “Solo me llamaron para recordarme que llevara los cheques verdes“. Acudió con los tristemente famosos cheques. “Entré llorando, yo no quería abortar”. Por supuesto, nadie se preocupó de su llanto. Lo importante eran los cheques verdes y los 60 euros.
¿Cómo fue? “Primero me hicieron la ecografía para confirmar el embarazo y el tiempo de gestación”. La pantalla del ecógrafo no estaba girada -como suele- y Montserrat lo vio todo. “Estaba ahí mi hijo; se le veía perfectamente los bracitos y las piernecitas”. Además, le informaron de que estaba de siete semanas. “No es cierto; yo estaba de ocho semanas; una semana antes yo había estado con mi ginecólogo y me había dicho que estaba de siete semanas, había escuchado su corazón…”. Montserrat se pone a llorar durante la entrevista.
A Montse le dijeron que no se preocupara, que era un conjunto de células. “Pero yo sabía que no es así, que era mi hijo; lo había visto en la ecografía”. Así que siguió llorando. La pasaron entonces a la psicóloga. Montse le contó que estaba muy mal, que no sabía qué hacer, que estaba en tratamiento psiquiátrico, que había tenido dos intentos de suicidio. “La psicóloga me dijo que lo mejor en mi caso era abortar”. Le dio un tranquilizante de acción inmediata. Pero Montse seguía llorando. En el fondo no quería abortar. Pero la presión era mucha. Su pareja le había abandonado.
Pidió entonces ver a su amiga y hermana que le aguardaban en la sala de espera. “Mi hermana me vio y me dijo: ‘Montse, vámonos’”. En el centro no le dejaron marcharse. La pasaron al quirófano. Ella seguía llorando. Pero al personal ‘sanitario’ le siguió dando igual. Ella sabía que estaba acabando con la vida de su hijo, que lo que estaba haciendo “no estaba bien”. Pero les dio igual.
“Noté un pinchazo por abajo”. Eso fue todo. En el cuerpo. Porque el alma quedó tocada. “Estaba angustiada, no quería seguir ahí, sabía que me había dejado a mi hijo ahí”. Así que se marchó sin la preceptiva recuperación. “Apenas estuve una hora en total; me podía haber desangrado, pero les dio igual”. Montse abandonó el centro llorando. Por todo consuelo una enfermera le dijo: “No te preocupes, en quince días podrás volverte a quedar embarazada”.
La angustia de Montse era total. No quería estar en el centro, pero tampoco quería regresar a casa. Se le había hundido el suelo. No sabía dónde ir ni qué hacer. Regresó a casa en metro, sangrando. Desde entonces, llora todos los días por el hijo que no fue. El aborto no ha solucionado su problema social. “Habríamos tirado para adelante como fuera”. Tampoco el psiquiátrico. “Lloro todas las noches y todos los días; tengo miedo porque tengo dos antecedentes de suicidio; estoy fatal”, señala entre sollozos. Padece un claro síndrome postaborto. “Me castigo a mi misma: me pongo a ver videos de abortos en internet”.
Montse sobrevive ahora gracias al apoyo social y psicológico de la Asociación de Víctimas del Aborto. Ahora debe integrar el duelo por la pérdida de su hijo. Tiene que aprender a vivir con el dolor de esa pérdida sin que esa falta le invalide para una vida normal. Y sobre todo, debe aprender a perdonarse. “Yo no voy a la Iglesia, pero el otro día hablé con un cura porque necesitaba hablar con alguien”. ¿Qué le dijo? “Que él me ha perdonado y que Dios me ha perdonado”. Ahora sólo le queda perdonarse a si misma. “Yo no me puedo perdonar; he dejado que mataran a mi hijo”.
Ninguna mujer quiere abortar
Es el desgarrador testimonio de una víctima del aborto. Por supuesto, no es la única. Ni tampoco un caso aislado. “Ninguna mujer quiere abortar”, reiteran desde la Asociación de Víctimas del Aborto. Y es que según los estudios de AVA -corroborados por el ministerio de Sanidad- el 87% de los abortos provocados se explican por la presión o abandono de la pareja. En los casos adolescentes, existe presión por parte de la familia y en los casos de mujeres trabajadoras, ‘mobbing maternal’: discriminación laboral de la embarazada por el hecho de estar embarazada. Conclusión: no es verdad que la práctica del aborto sea libre.
En cambio, la única certeza es que los centros de abortos parecen más preocupados por la cuenta de resultados que por la salud de las mujeres. El caso de Montse es de libro: sus lágrimas evidenciaban la ausencia de voluntad; su abandono sin tratamiento, la despreocupación de los centros de abortos por su salud. El cinismo se hace patente cuando por una parte le dicen que se trata sólo de unas células y por otra le tratan de tranquilizar diciéndole que “no se preocupe” porque en 15 días podrá volver a quedar embarazada. Es la dura realidad del aborto en España. Ese que se quiere ampliar todavía más. ¿Qué les dirías a los diputados que trabajan en la subcomisión para reformar la Ley del Aborto? “Por favor, que no lo legalicen; no saben el sufrimiento de las mujeres que está detrás; los centros de abortos sólo quieren lucrarse con el sufrimiento de las mujeres”.
LOS AMOS DEL MUNDO
Noviembre 17, 2008
Artículo del escritor Arturo Pérez-Reverte publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, es decir, hace exactamente 10 años, en el que “vaticina” el derrumbe del sistema financiero mundial y alertaba con su particular estilo literario, del peligro del neoliberalismo especulativo y depredador.
Arturo Pérez-Reverte
Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.
Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.
Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.
COMUNIDAD NACIONAL
Noviembre 13, 2008
Por José Javier Esparza
Guevara, michelín del nacionalismo vasco, abandonó la casa del padre y se cobijó en techo socialista. Recién llegado, adornó su habitación con un banderín donde, sobre los colores del Athletic, se leía: “Comunidad nacional”. Y ha sido el escándalo del vecindario, a izquierda y derecha, porque es de mal tono hablar de “comunidad nacional” en la casa de los “demócratas de verdad”. Dicen que “no es terminología democrática”. Será ahora, porque la historia de las democracias modernas está abarrotada de “comunidades nacionales”. No es, como se ha dicho, “léxico fascista”; es puro romanticismo alemán, que es distinta cosa. Digamos la verdad: el banderín de Guevara ha molestado porque pone el dedo en nuestra llaga más dolorosa, a saber, que ya nadie está seguro de que sigamos siendo una “nación” pero vascos y catalanes cada vez lo parecen más.
Una nación no es un fenómeno de la naturaleza: es una construcción humana. Primero hay un pueblo unido por tales o cuales rasgos. Después hay una voluntad más o menos común para que ese pueblo cobre forma política. La nación surge ahí: es un grupo humano que toma conciencia política. El pueblo no es un concepto político; la nación, sí. Ninguna nación aparece si antes no ha habido un proceso de politización. Del mismo modo, las naciones desaparecen cuando dejan de tener conciencia política de sí. El País Vasco nunca había sido una comunidad nacional (léase a Laínz), pero hoy está cerca de conseguirlo: veinticinco años de hegemonía nacionalista no han aspirado a otra cosa. Madrid ha coadyuvado tenazmente a la obra al permitir esa hegemonía y apuntalarla cuando flojeaba. Sólo hay un obstáculo para que el País Vasco sea una “comunidad nacional”: que todavía hay dos comunidades, la vascoespañola y la nacionalista vasca. Es un obstáculo que ya casi no existe en Cataluña: el nacionalismo catalán, con un periodo semejante de hegemonía, ha cumplido el objetivo con la misma aquiescencia de Madrid y sin oposición relevante. ¿Ahora nos escandalizamos? Almas de cántaro
Lo que debería escandalizarnos es más bien esto otro: España, que sí podía ser comunidad nacional, ha dejado de serlo. Y simétricamente: no han aspirado a otra cosa veinticinco años de metódica destrucción de la conciencia nacional de los españoles. En nombre del consenso, de la Constitución, de las autonomías y de Europa, el campo del sentimiento (porque no se trata de otra cosa) nacional de los españoles se ha reducido a la selección de fútbol y a los festivales de Eurovisión. El leve repunte de patriotismo auspiciado por Aznar entre 2001 y 2003 no ha pasado de ser una batalla de las Ardenas. Batalla que, como es sabido, se perdió. Por falta de combustible.
Cuatro verdades necesarias sobre el problema de la inmigración
Noviembre 8, 2008
Por Jose Javier Esparza.
Un espectáculo trágico: los cayucos. Un espectáculo sórdido: la demagogia irresponsable del Gobierno. Fuentes policiales insisten en que España es el paraíso de las mafias de tráfico humano. Ya nadie discute seriamente la relación entre inmigración y delincuencia. Pero los políticos se aprestan a sacar tajada ampliando el derecho de voto a los recién llegados. Quien sufrirá las consecuencias será el ciudadano de a pie. ¿Nos dejarán decir cuatro verdades?
Una: la inmigración no es “algo bueno”. Es un fenómeno globalmente negativo. Es negativo para quienes tienen que abandonar forzosamente sus hogares y es negativo para unas sociedades incapaces de acoger a tanta gente en tan poco tiempo. Las consecuencias de la inmigración no son buenas en el plano social, ni en el cultural, ni en el político, ni tampoco lo son, a largo plazo, en el plano económico. La situación ideal: que nadie tuviera que verse obligado a dejar su tierra y que los flujos humanos pudieran ordenarse conforme a la ley para general beneficio. Pero es obvio que no estamos –ni estaremos- en la situación ideal.
Dos: Sólo desde dos puntos de vista puede juzgarse “buena” la inmigración. Una, la perspectiva de quienes, por razones ideológicas, estiman que las identidades históricas europeas deben disolverse en un escenario de mestizaje cosmopolita; es una posición muy extendida en la izquierda. La otra, la de quienes sostienen, por razones económicas, que una entrada masiva de mano de obra barata es vital para el funcionamiento de la economía; es una posición muy extendida en la derecha. Así la derecha capitalista intenta legitimarse con el dogma de la izquierda cosmopolita, y ésta, a su vez, echa combustible (humano) en el mercado. Pero ambas posiciones encierran un error: la disolución de las identidades sociales, nacionales y culturales nunca, en ningún lugar, ha creado “cosmópolis mestizas”, sino que sólo han provocado una exacerbación violenta de las propias identidades; respecto a la entrada masiva de mano de obra barata, es verdad que inicialmente aumenta la riqueza del tejido productivo, pero inmediatamente se traduce en una exigencia de nuevos servicios sociales que puede llevar al colapso del sistema, como podrá intuir cualquier español que acuda a los servicios públicos. La ganancia en ningún caso compensa las pérdidas.
Tres: La “integración” no tiene por qué ser un horizonte deseable. De entrada, es un término ambiguo. No es lo mismo una integración orientada al cumplimiento de las leyes, con cesión de derechos sociales y económicos a cambio del ejercicio de un trabajo, que una integración interpretada como absorción de la población alógena, de tal modo que ésta deja de ser lo que es para adquirir una identidad nueva y ficticia. El primer modelo es transitorio, el segundo aspira a ser permanente. Parece que en España aspiramos a la integración permanente. Pero nadie tiene derecho a exigir a un musulmán o a un senegalés que dejen de ser lo que son para convertirse en “españoles”. La experiencia francesa demuestra que, aunque la integración haya funcionado en una primera generación de inmigrantes, la vieja identidad siempre pugna por aflorar en cuanto las cosas se tuercen, y entonces lo hace de manera hostil e histérica, como corresponde a cualquier estado de sumisión.
Cuatro: Hay que detener la inmigración, pero eso no significa inhibirse en la resolución del problema. No podemos escurrir el bulto. Los europeos tenemos que asumir el fenómeno de la inmigración. Ante todo, debemos reconocer que tenemos un deber para con el mundo pobre. Tenemos ese deber, primero, por una cuestión de justicia: no es justo que nosotros tiremos lo que nos sobra y que ellos no puedan conseguir lo que les falta. Y tenemos ese deber, además, por una cuestión de historia: como viejas potencias coloniales, creadoras de naciones, debemos resolver un problema que no nos es ajeno. Eso implica intensificar y multiplicar los mecanismos de cooperación, pero también apretar el control sobre cómo se administra esa ayuda en los países beneficiarios. El imperativo de globalizar la riqueza no será más que un chiste tétrico si al mismo tiempo no se globaliza la justicia social. Esta última tarea debe ser exigida a los gobiernos de los países de origen; pero si no son capaces de satisfacerla, habrá que imponerles la obligación de hacerlo, como se les ha impuesto la sumisión a las reglas del mercado mundial. Alguien, algún día, debería decir algo así en la Unión Europea.
Repercusiones de la crisis. Populismo.
Noviembre 4, 2008
JOSÉ MARÍA MARCOHace muy pocos días me preguntaron si yo pensaba que había posibilidad de lanzar un nuevo partido político. Respondí que no, pensando que tal vez sí. Me explico.
El “no” procedió de la sospecha de que se me estaba invitando a participar en la aventura. Sospecha injustificada, dado mi interlocutor, pero irreprimible desde mi breve, y ya antiguo intento de paso por la política. El sí con reparos procede de la observación de la realidad española. A los dos grandes partidos se han sumado otros dos, Ciudadanos y UPyD. Parecen bastantes, y probablemente lo son. Pero tal vez hubiera espacio para uno nuevo que planteara con claridad ante la opinión pública algunos de los asuntos que cada vez más la mueven… y la indignan: el nauseabundo derroche de dinero público practicado en todas las administraciones; el aumento de impuestos y la falta de voluntad de reformar y flexibilizar la economía, que castiga a los autónomos, a los emprendedores, a la gente con ganas de trabajar; la consolidación de una casta política ajena o contraria a los mínimos principios democráticos; la falta de independencia del poder judicial y la farsa en que se ha convertido el legislativo; la asfixia provocada por lo políticamente correcto y el designio totalitario de las minorías; la inmigración y sus consecuencias… Todo eso sin contar con la cuestión nacional.
Entre pedir el voto inmigrante y ejercer la responsabilidad política
Noviembre 2, 2008Por Jose Javier Esparza
En las últimas semanas se ha disparado la búsqueda del voto inmigrante. Comunistas y socialistas han aprobado en el Congreso que los inmigrantes con cinco años de residencia legal en España puedan votar en las elecciones municipales. Pocos días después, la presidenta de la Comunidad de Madrid anunciaba medidas en la misma dirección. Como es norma en España, donde el debate público tiene siempre un aire como de vieja radionovela, estas noticias avanzan envueltas en nubes de moralina sentimental. Sin embargo, el Parlamento Europeo rechazaba el pasado enero una medida como la que se acaba de aprobar en España.
¿Es xenófobo y racista el Parlamento Europeo? ¿Odia a los inmigrantes? No. Sencillamente, conoce el sentido de los derechos políticos. El derecho al voto no es un derecho socioeconómico, una prestación que uno perciba a cambio de una contribución. Trabajar, cotizar a la seguridad social y pagar impuestos no da derecho a votar. La actividad económica da derecho a beneficios de tipo social: asistencia sanitaria, cobertura de desempleo, educación pública, etc., y es justo que así sea. Pero el voto, que es el derecho político por excelencia, posee otro origen –un origen, precisamente, político. Uno vota en tanto que forma parte de una polis, de una comunidad política. ¿Quién forma parte de la polis? Hay distintos instrumentos materiales para discernirlo: el nacimiento, la residencia, etc. Todos esos instrumentos, sin embargo, no descansan sobre sí mismos, sino que poseen una dimensión inmaterial: se pertenece a una comunidad política también por linaje, por ascendencia, porque la comunidad política no es algo que se constituya en un momento dado y para ese momento –por ejemplo, para votar-, sino que la comunidad es también un pasado común, una herencia compartida, una trayectoria histórica, que comprometen a la persona con el futuro colectivo. Los derechos políticos se ejercen de manera individual en el presente, pero su escenario es una comunidad en el plano de la historia. Un inmigrante puede formar parte de la comunidad política, por supuesto; pero no por el mero hecho de residir cinco años.
Hoy no está bien visto recordar estas cosas, porque vivimos bajo la superstición de un individualismo sin comunidad y de un futuro sin pasado, pero lo político es inseparable de lo comunitario y de la historia, y son esas magnitudes las que determinan quién forma parte de la polis –y quién no. Por eso ningún país reconoce el derecho al voto a los recién llegados, y por eso el Parlamento Europeo rechaza lo que en España se aprueba. Las razones son de peso: primero, no es justo otorgar capacidad de decisión sobre el bien común a quien, mañana, puede dejar de pertenecer a la comunidad; además, se corre el riesgo de crear reductos de voto con identidad política propia en segmentos sociales ajenos o incluso contrarios al interés común.
En el mundo se habla ya del “mal español”: un frívolo panfilismo que desemboca en flagrante irresponsabilidad.
Escrito por derechasocial
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